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Cuestión de enfoques

Hace unos días, los ataques e insultos del presidente de EUA al obispo de Roma y las respuestas cautelosas del pontífice dejan en evidencia las formas tan divergentes de enfocar lo que significa la construcción de paz en el mundo. No cualquier concepto de paz sirve. La paz no es un estado o situación a la que se llega con órdenes ejecutivas, no es tranquilidad ni unanimidad, tampoco se agota en la ley y el orden impuestos desde perspectivas universalistas. Es algo más que la ausencia de guerra.

Es todo lo positivo que diariamente nos hacemos unos a otros, un dinamismo constante en permanente cambio (“el camino que se hace al andar”), un conjunto de principios que orientan las decisiones: la realización plena de las personas, apoyo mutuo y reciprocidad, interacción constructiva con los demás incluidos lo no-humanos. Sin embargo, en muchos lugares continúa pensándose como uso de la fuerza para someter, como alianzas para enfrentar a los enemigos (“si no estás conmigo estás contra mí”), como decisiones de los estados a espaldas a la sociedad civil.

El poder es un asunto central en todos los asuntos humanos. Necesitamos reconceptualizarlo si nuestro propósito es hacer las paces. Trascender la visión negativa que lo asume como imposición para considerarlo un dinamismo fundamental de la vida. Todos tenemos algún tipo de poder. Nos afirmamos como personas cuando constatamos que nuestras acciones contribuyen al bienestar colectivo. Por lo mismo, siempre será objeto de disputas con quienes se consideran los dueños del mundo.

El poder no es una cosa, sino el vínculo que mantiene las relaciones. No es que el presidente norteamericano o el papa “tengan” más poder político o religioso. Ambos personajes están atravesados por múltiples intereses que los posicionan y enfrentan, sea para ahondar las divisiones o para fortalecer intercambios favorables para todos. De ahí que muchos investigadores consideren el trabajo por la paz como la búsqueda de equilibrios dinámicos que contribuyan al empoderamiento de individuos, grupos o naciones.

Y puesto que empoderarse siempre acarrea conflictos, reconceptualizar el poder implica poner en marcha una imaginación moral capaz de entender, asumir e impulsar los cambios, el movimiento, lo novedoso; alejándose de realismos, objetivismos, individualismos, sexismos o antropocentrismos.

Imaginación moral es entender la multiplicidad de actores trabajando juntos en distintos niveles, considerar que es posible tener simultáneamente múltiples realidades y visiones sin perder la identidad y los propios puntos de vista, pasar del valor nominal con el que se designan cosas, conceptos o realidades, al valor emocional que tienen para las personas, sospechar la existencia de algo enraizado al presente que puede dar a luz aquello que todavía no existe, vislumbrar la posibilidad de superar la violencia cuando aún estamos enfrascados en ella, desarrollar un pensamiento paradójico asumiendo los riesgos que eso supone.

Regular y transformar conflictos no es aplicar una técnica prestablecida. Es crear espacios y procesos para la comunicación y el entendimiento, sin descalificaciones absurdas, siendo conscientes que la inesperada paz siempre es posible.

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jl/I

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