Recientemente llegó a mis manos un libro cuyo subtítulo invita a la reflexión: ‘¿Dónde está el pacifismo?’ (ISBN: 978-84-18567-40-7). Frente a las múltiples guerras y violencias que enfrentamos la pregunta se vuelve más que pertinente.
El pacifismo actual está presente en la desobediencia civil e insumisión que ha inspirado a cientos de personas a organizarse en la Global Sumud Flotilla, para llevar ayuda humanitaria al pueblo palestino, asediado por el gobierno de Israel desde hace décadas; en las madres que conforman colectivos para buscar a sus familiares desaparecidos, ofreciéndose apoyo mutuo y denunciando la negligencia en el actuar de las autoridades; en quienes defienden los derechos de indígenas nahuas despojados de sus tierras en Guerrero; en líderes ambientalistas que a pesar de las amenazas resguardan territorios, aguas y ecosistemas.
El pacifismo está vivo cuando ciudadanos comunes se interponen entre pueblos enfrentados para frenar la crueldad, cuando se considera el Derecho Internacional como herramienta para conciliar intereses contrapuestos, cuando se protegen bienes colectivos (manglares, lagos, reservas naturales…) fundamentales para la subsistencia.
A pesar de la diversidad de ideas y propuestas que caracteriza a quienes se movilizan por la paz, la mayoría comparte su oposición a las guerras y a las instituciones que las hacen posibles, así como a la producción y al comercio de armas. Cuestionan los discursos que normalización el uso de la violencia, aclaran que el militarismo nunca ha servido para resolver conflictos, proponen redefinir el concepto “seguridad” y entenderla como protección a las personas, promueven el arbitraje, la negociación o la diplomacia para que sea la fuerza de la palabra y no la de las armas la que permita dirimir los desacuerdos, enfatizan que la paz solo es posible por medios pacíficos.
Sin embargo, sus voces casi siempre son ignoradas, los medios raramente se hacen eco de sus demandas o simplemente se les quita del camino. Da la impresión de que el pacifismo ha desaparecido.
La educación e investigación para la paz también aportan al pacifismo cuando buscan instaurar en las personas e instituciones los baluartes de la Paz (entendimiento, confianza, cooperación, libertad …) o cuando se proponen comprender qué significa y qué condiciones hacen posible una vida pacífica… en la Selva Lacandona, la Región Valles de Jalisco o un municipio marginalizado del noreste mexicano.
Para encarar las violencias, el pensamiento pacifista propone consolidar una “infraestructura de paz” sostenible en el tiempo, lo que supone entre otras cosas: traducir conceptos abstractos (participación, empoderamiento, justicia…) en acciones concretas para la gente; comprender las características culturales y psicológicas que contribuyen a transformar las discrepancias que surgen en los territorios; abordar los conflictos como disyuntivas que se deben resolver no solo como enfrentamientos; asumir que somos interdependientes; especificar las acciones que corresponde realizar a los distintos sectores sociales; desarrollar una visión de futuro mutuamente compartida; precisar los cambios que permitan hacer realidad ese futuro que se desea; sanar las heridas provocadas por las violencias.
Los conflictos son el motor de las sociedades. En su gestión positiva también está presente el pacifismo.
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