Durante algún tiempo mi trabajo académico estuvo centrado en reconocer las estructuras ideológicas y económicas que propician y mantienen las discriminaciones e injusticias (patriarcado, capitalismo, colonialismo, cientificismo, antropocentrismo, etcétera).
Identificarlas, daba luz para comprender el porqué de muchas situaciones que actualmente vivimos, pero ofrecían poca claridad sobre acciones concretas que podrían realizarse para contrarrestar sus efectos. ¿Yo qué puedo hacer como ciudadano común para remover esas milenarias y anquilosadas estructuras productoras de muerte? Tales estudios, más que motivarnos, nos dejaban con una sensación profunda de impotencia.
Al cambiar la pregunta se abrió un nuevo panorama para poder hacer y deshacer: ¿Qué significa “construir” (paz con justicia y dignidad)? El construccionismo social como alternativa al estructuralismo plantea que todo lo que ha existido y existe hoy (inquisición, revoluciones, democracias, etc.) es producto de nuestras propias formas de pensar y organizarnos y que, por lo mismo, depende de nosotros mantenerlas, alterarlas, destruirlas, reconfigurarlas…
El construccionismo invita a comprometernos con el cambio, el movimiento, lo novedoso; ir más allá de los significados establecidos cotidianamente; alejarse de realismos, objetivismos, individualismos, sexismos, antropocentrismos…; adoptar un pensamiento paradójico capaz de entender verdades aparentemente contradictorias; cultivar el arte de crear lo que no existe y lo inesperado; creer en procesos que pueden trascender las estructuras sociales que provocan tanto dolor.
Construir Paz es una posibilidad que está al alcance de la mano. Ahí donde vivimos, con nuestros recursos y en interacción con nuestros contemporáneos podemos hacer paces, al igual que hemos construido estructuras que violentan. Pero la paz nunca llega ni llegará como dádiva del Estado o de las instituciones de “seguridad”. ¿Acaso necesitamos seguir esperando que llegue un nuevo partido o gobierno, ahora sí, para que nos resguarden de los malhechores?
Trabajar por la Paz no es solo la aplicación de métodos y técnicas elaborados desde perspectivas racionalistas universales. Demanda asumir una “imaginación moral” capaz de plantearse el tipo y la calidad de relaciones que deseamos tejer entre nosotros y con la naturaleza, en un mundo donde coexistan simultáneamente múltiples visiones e intereses; reconocer quiénes somos y qué sentido tiene nuestra existencia en este mundo; comprender la complejidad de las condiciones existenciales del lugar que habitamos…
Hay que darle espacio a la imaginación y a la creatividad. Cuestionar lo que parece obvio y transparente, romper moldes y consignas en los que hemos sido socializados, utilizar otros métodos y técnicas para pensar el mundo que queremos (danza, teatro, manualidades…), incursionar en saberes poco explorados (¿cómo se tejen las telarañas?, ¿cómo escribir poesía haikú?…). La imaginación es necesaria para sobrevivir como especie. La creatividad es fundamental para desarrollar el potencial que nos caracteriza como especie. La intuición ayuda a despertar el genio creativo que todos llevamos dentro. Las artes favorecen la emergencia de lo inesperado.
La imaginación moral nos convoca a poner a las personas en el centro de todo lo que hacemos, pues la clave en el arte de construir la Paz está en la naturaleza y calidad de las relaciones, no en las estructuras o técnicas para lograrla.
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