Hace algunos días conmemorábamos la lucha histórica de las mujeres en sus exigencias por justicia y dignidad. Ni flores ni regalos, sino reconocimiento de los aportes que han hecho para una convivencia más humana se nos pedía a los varones. Con dicho propósito planteo algunas ideas desde mi óptica masculina.
Las mujeres, afirma Carmen Magallón, se han encargado de sostener la vida en medio de conflictos armados, han contribuido a desnaturalizar la violencia que se ejerce contra ellas, lograron que la violación fuera reconocida en 1993 como crímenes de guerra.
Sus reclamos tienen un común denominador: eliminar las agresiones de las que son objeto simplemente por habitar un cuerpo distinto al de los hombres. No solo hay que verlas como víctimas sino también como protagonistas de innumerables cambios. Ambas perspectivas son imprescindibles.
Donna Haraway sostiene que masculino y femenino son formas distintas de ser en el mundo. El sexo es algo que la persona “es”, no algo que “tiene”. Los humanos percibimos, sentimos, pensamos y queremos de manera diferente como varones y mujeres. Las diferencias genéticas u hormonales no son garantía o pretexto de nada. La biología es histórica, y la naturaleza se construye con hechos y palabras.
“Masculino” no es sinónimo de hombre ni “femenino” lo es de mujer. No hay una naturaleza que fundamente la existencia de una cultura femenina o masculina. Sin embargo, los “padres fundadores” de la Sociología (Comte, Durkheim, Marx, Weber…) sistemáticamente excluyeron de sus teorías y análisis la experiencia y visión de las mujeres, así como la subordinación a la se les ha sometido, aclara Mercedes Alcañiz.
Petra Kelly sostenía que el feminismo ha sido un movimiento que reivindica un nuevo estatus para la mujer. Advertía que no es lo mismo ser “femenina” que ser “feminista”, criticaba las categorías dicotómicas con las que hemos construido el mundo, cuestionaba la economía capitalista que se sostiene destruyendo la naturaleza y explotando a las mujeres, proponía un conocimiento que asuma como punto de partida el cuerpo, la experiencia y el sentimiento, vinculados al medio ambiente, y no la cabeza o una racionalidad abstracta.
Pero la lucha de las mujeres no se agota en reivindicaciones feministas. La sostenibilidad de la vida, la protección de las semillas o el cuidado del agua forman parte de sus preocupaciones. Sin embargo, no todos los feminismos son ecologistas, ni todo el pacifismo se declara feminista. Tampoco las distintas corrientes pacifistas luchan por el empoderamiento, ni el conjunto de mujeres empoderadas busca construir relaciones pacíficas. La perspectiva ecofeminista, afirman Vandana Shiva y María Mies, es imprescindible para cuidar la naturaleza.
El ser humano es quien organiza y da sentido a su vida. La cultura no hace a la gente, la gente hace la cultura. Conmemorar el 8 de marzo es una invitación a desnaturalizar las jerarquías, deslindar el cuerpo femenino de los roles que se le han asignado, abandonar el tutelaje masculino que las cuida y protege subordinándolas. “Empecemos a soñar con un mundo de hombres y mujeres más felices y honestos consigo mismos”, propone Chimamanda Adichie.
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