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¿Para qué una planta de amoniaco?

La manera de enfocar un conflicto es tan importante, o más, que el asunto mismo que se disputa. En Bahía de Ohuira, Sinaloa, diversos actores se han organizado para impedir la instalación de una planta de amoniaco alemana. Su postura es tajante: ¡aquí no!

Cada conflicto tiene sus características y dinamismos. No existen recetas únicas para abordarlos positivamente. Además de entender los asuntos en disputa hay que considerar las interdependencias que nos constituyen como habitantes de Gaia.

El amoniaco es un producto tóxico y peligroso (en 2020 explotó una planta similar en Beirut), su operación consumiría 2000 m3 de agua por hora, acabaría con las fuentes de trabajo y con miles de especies marinas, tendría efectos sobre el ecosistema completo de la zona.

Los indígenas del pueblo mayo-yoreme reclaman como propio el terreno donde se edifica la planta, mantienen una cosmogonía de respeto a la naturaleza y toman sus decisiones de manera diferente a la occidental (no mediante consultas). ¿Podemos hablar de soberanía cuando se impone un proyecto en un sitio Ramsar de humedales y manglares? ¿Qué aporta esa planta para revertir el cambio climático o para la pacificación en Sinaloa?

La Paz es una serie de principios éticos y jurídicos para gestionar la conflictividad humana. Como “Paz Ambiental” es la búsqueda de relaciones equilibradas entre naturaleza y sociedad; en tanto “Paz Local” o “Territorial” es respetar las formas particulares de experimentar el lugar donde se vive; “Paz Ecológica” significa tomar en cuenta la indisociable interrelación que mantienen microorganismos, plantas y animales, con el suelo, los océanos y la atmósfera; “Paz Gaia” es actuar conforme al comportamiento de la Tierra del que depende todo lo vivo.

Cuidar el medio ambiente no solo un asunto de buena voluntad. Es dar voz y voto a los no-humanos (corales, camarones, delfines, manglares…), asumir los procesos de la naturaleza como escenario mental para solucionar nuestros conflictos. El planeta no discute, no alega, no negocia, solo nos envía señales (mares en ascenso, enormes incendios forestales, oleadas de calor…). Lo que le hacemos a la naturaleza tarde o temprano se revierte a favor o en contra de nosotros.

Gaia es un actor histórico y político con demandas específicas, no solo un macro-organismo del que dependemos; es lo que se tiene en común y se está dispuesto a defender frente a los que le hacen daño; son conexiones que nos articulan y atan a la Tierra. La ignorancia de los procesos ecosistémicos no nos autoriza a hacer lo que nos venga en gana. Gaia no se comporta pasivamente frente a lo que supone una amenaza para su existencia. La planta de amoniaco no es una de sus prioridades.

Pensar los conflictos desde Gaia obliga a reconocernos como una más de las especies del planeta, desarrollar capacidades para afrontar los desafíos de la naturaleza, recomponer los vínculos que hemos creado, buscando el mayor grado posible de equilibrio y armonía. Gaia es una delgada piel de la Tierra al interior de la cual vivimos.

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jl/I

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