En el lenguaje cotidiano generalmente se utilizan como sinónimos “naturaleza”, “medio ambiente” o “ecología” para referirse al entorno que nos rodea. Sin embargo, cada palabra abre y cierra determinadas posibilidades para el entendimiento y la acción. A raíz del desprendimiento de un glaciar que dejó miles de muertos en Nepal cabe preguntarse: ¿qué concepto permite enfocar mejor lo sucedido?
“Naturaleza”, explica Bruno Latour, es una de las nociones más controvertidas que existen. Por un lado, ha servido como parámetro para definir la vida política (el contrato social es superar el “estado de naturaleza” para constituir ciudadanos con derechos) y, por el otro, se presenta como modelo de comodidad y bienestar (vivir en un bosque rodeado de aguas cristalinas y jardines de ensueño).
En ambos casos, la racionalidad implícita en estas concepciones perpetúa el divorcio entre naturaleza y cultura, trata de imponer una visión sobre la otra (naturalización vs. socialización) o concibe la naturaleza como simple repositorio de recursos.
Una visión integral y compleja, aclara Latour, demanda cuestionar los procesos de producción de esos saberes, tomando en cuenta que lo humano siempre está inserto en la naturaleza y viceversa. No hay separaciones posibles. Lo sociopolítico-cultural no puede permanecer maniatado por los caprichos de la ciencia o la filosofía, ni la ciencia someterse a los intereses de aquellos.
La ecología, enfatiza Latour, ha sido incapaz de hacer entrar a la naturaleza en la toma de decisiones. Lo político, aunque ha logrado expandirse gracias a la explotación de “recursos naturales”, permanentemente se ha empeñado en separar naturaleza y cultura. Para incidir en la política la ecología necesita salirse del “estado de naturaleza” en el que se le ha encasillado y replantear sus conceptos (ciencia, conocimiento, necesidades humanas y no-humanas…).
En cuanto a la ecología política –aclara el autor–, simplemente se conformó uniendo significados convencionales de “ecología” y “política” (‘oikos’, ‘logos’, ‘physis’ y ‘polis’). Aunque no necesariamente son conceptos opuestos hay que articularlos minuciosamente. La realidad está conformada por humanos y no-humanos con capacidades y potencialidades entrelazadas. Entonces, la política podría definirse como la participación activa de esta amalgama de seres en la construcción progresiva de un mundo común de intercambios. La civilización depende del arte de gobernar desde las interdependencias que se dan entre naturaleza, medio ambiente, política y cultura.
Todas las palabras poseen un carácter performativo, es decir, un sentido más allá del establecido en diccionarios. Metáforas y discursos configuran nuestras relaciones socioecológicas, y el debate medioambiental es en buena medida una disputa por las narrativas más convincentes. Urge como humanidad formular las preguntas pertinentes sobre lo que nos sucede, elegir los mejores términos para afrontar el futuro, contar con un relato compartido para atender los desafíos derivados del cambio climático. ¿Cómo les explicaría la naturaleza a los líderes del mundo el desprendimiento del glaciar en Nepal? ¿Qué saberes científicos hay que producir para prevenir deshielos posteriores? ¿Qué les falta a los discursos de los ODS para actuar ante situaciones de esta índole? ¿Qué hay que cambiar: las políticas de la naturaleza o la naturaleza de las políticas?
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