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La Tierra se tambalea

Mientras escuchaba noticias sobre temblores en distintas latitudes del planeta (Venezuela, Mindanao, Colombia, Japón, Afganistán, Granada, Chiapas, Indonesia, Perú…) no dejaba de resonar en mi mente el título de un libro de James Loveloch: ‘¡La venganza de Gaia!’.

Gaia, una metáfora para referirse al comportamiento de la Tierra, explica la indisoluble interrelación que existe entre microorganismos, plantas y animales (lo vivo) con el suelo, los océanos y la atmósfera (lo no vivo). Plantea que los organismos vivos, con sus acciones, van configurando sus escenarios para la subsistencia. Las hormigas, por ejemplo, no tienen el plano del hormiguero que van a construir, sino que su comportamiento y los túneles que van haciendo, emergen de las interacciones que establecen los miembros del grupo con el contexto donde se encuentran, sin que se pueda predecir el hábitat que conseguirán.

Todas las entidades que conforman la naturaleza están dotadas de albedrío, inteligencia y sabiduría. Por eso, al igual que las hormigas, nuestro destino depende de cómo interactuamos con el entorno.

El hundimiento intencionado de embarcaciones en el estrecho de Ormuz, los bombardeos sobre ciudades del Líbano, Irán o Palestina, los incendios que arrasan miles de hectáreas, la edificación de viviendas en zonas de recarga hídrica, la extracción indiscriminada de gas o petróleo, la destrucción de las selvas, etcétera, etcétera, son hechos frente a los cuales Gaia no se queda impávida. Gaia es benévola con sus hijos, pero despiadada con quienes le hacen daño. 

Sin problemas, el planeta puede matar a miles de personas de un minuto a otro. ¿No será que los recientes temblores son la venganza de la Tierra-Gaia al sentirse atacada en tantos frentes?

Gaia es un organismo vivo que opera dentro de ciertos límites de temperatura, presión, composición química, las especies que la habitan requieren determinadas temperaturas para subsistir, sus cuerpos no deben sobrepasar niveles de acidez o salinidad óptimos para su salud, al agua le conviene mantenerse fría, ya que así es rica en nutrientes. Al interactuar con el medio los seres vivos se van autorregulando.

Para enfrentar los efectos del cambio climático no basta utilizar energías limpias; la “política verde” no es más que vandalismo de recursos en nombre de una ideología; el “Desarrollo Sostenible” es ciego al sufrimiento de la Tierra; tampoco vamos a salvar el planeta con nuestras tecnologías.

Sabemos que pertenecemos a la Tierra. Nuestra subsistencia depende de ella, de aceptar la disciplina y los límites que impone. Las enfermedades de la Tierra deben ser nuestra principal preocupación. Si no cuidamos de la Tierra, ella cuidará de sí misma. Más que desarrollo, debemos plantearnos una “retirada sostenible”: dejar de invadir la Tierra viva, recuperar los vínculos con la naturaleza, detener el consumo de combustibles fósiles. Necesitamos también recuperar ese tipo de emociones e ideas que están presentes en los pueblos originarios cuando se enfrentan a un peligro.

Es imposible predecir y controlar la naturaleza, pero si nos enfocamos en cultivar relaciones constructivas entre nosotros y con el resto de las especies surgirán alternativas beneficiosas para todas y todos.

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jl/I

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