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Paz ambiental

Naturaleza y cultura son inseparables. Tanto para la subsistencia como para la creación de tecnologías y artefactos dependemos de los ecosistemas. Mientras en muchas culturas está instalada una visión holística de la naturaleza, en occidente, la forma dualista de pensar nos ha llevado a sentirnos los “reyes de la creación”. Para afrontar la crisis climática necesitamos asumir que vivimos atados a la Tierra y que pretender dominar la naturaleza es tan solo una vana ilusión.

La semana pasada Barcelona fue azotada por lluvias torrenciales, tras un verano exageradamente cálido, mientras la gente seguía recordando los desastres provocados por la DANA, en Valencia, en 2024. Paralelamente, en Tonalá, se abrió un socavón de 45 metros de largo, 12 de ancho y 8.5 de profundidad (el cuarto en los últimos 14 meses) al colapsar el drenaje sanitario. El domingo pasado lluvias intensas provocaron el desbordamiento del arroyo Zapotlanejo, afectando 165 viviendas, mientras las autoridades prometían fortalecer la infraestructura hidráulica para sortear eventos climáticos futuros. La naturaleza actúa siempre por iniciativa propia sin someterse a los caprichos humanos. 

El diseño de viviendas, los sistemas sanitarios, la memoria colectiva o las modalidades de gobernanza son procesos y decisiones socioculturales que buscan darle cauce a las lluvias, los arroyos o a nuestros desechos corporales. El agua, a la vez que necesaria, también produce enfermedades, destrucción y muerte. No vivimos al margen de los fenómenos naturales.

En este contexto la paz ambiental se propone restablecer los vínculos entre entornos medioambientales y asentamientos humanos. Surge como respuesta al ecocidio que se propone arrasar todo lo que le permite la sobrevivencia al “enemigo”, cuestiona la producción industrial capitalista que destruye la biodiversidad y desestabiliza el clima, promueve una visión organicista de la naturaleza alejándose de utilitarismos cosificantes, trata de transformar los dualismos con los que operamos cotidianamente y visibiliza las resistencias que se oponen a la destrucción socioambiental.

Más aún, sostiene que naturaleza y cultura son categorías cargadas de poder que debemos cuestionar, que el quehacer científico y político son también fenómenos biológicos, que el medioambiente es un factor que une territorios, que además de interdependientes somos ecodependientes, que las éticas del cuidado (de uno mismo, de los otros, de las vidas no humanas) son fundamentales en este nuevo paradigma, que la paz es actuar con conciencia global y de especie en el reconocimiento de ecosistemas.

Esta perspectiva pacífica se puede consolidar gestionando de manera sustentable los recursos naturales mediante instrumentos jurídicos, tecnológicos o económicos; actuando colectivamente en función del cuidado y la preservación del medio ambiente; desarrollando procesos de confianza entre individuos, grupos y organizaciones; promoviendo empatía hacia los procesos biológicos y naturales.

Se trata de saberes y metodologías útiles para tomar conciencia de nuestra pertenencia al universo y a un planeta con recursos limitados, abandonar la hiperproducción y el hiperconsumo, educarnos en la mesura y autocontención, dotar de contenido las propuestas de seguridad humana, transformar sin violencia conflictos socioambientales, diseñar políticas locales, nacionales e internacionales; es decir, reconocernos en el mismo origen y destino con los demás seres de la Tierra.

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jl/I

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