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Encender la paz: una tarea de todos

“Mientras haya alguien dispuesto a amar, la paz seguirá siendo posible”. Esta frase la expresó el obispo Ramón Castro, Castro, presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano al término del segundo Diálogo de la Paz.

En el México actual, atravesado por la violencia, la desaparición de personas, la fragmentación social y la desconfianza institucional, hablar de paz implica asumir una responsabilidad incómoda: la de no permanecer indiferentes.

El Segundo Diálogo Nacional por la Paz, realizado en el ITESO, dejó claro que la construcción de la paz no puede reducirse a diagnósticos, foros o documentos bien intencionados. Se trata, más bien, de un proceso que interpela a toda la sociedad. En la inauguración del encuentro, el rector Alexander Zatyrka SJ subrayó que acompañar estos espacios de reflexión comunitaria es una convicción ética y espiritual. Pensar la paz es comprometerse con ella.

El cardenal José Francisco Robles Ortega, en la inauguración utilizó una imagen reveladora: encender la luz de la paz en un contexto donde, en México y en el mundo, hay fuerzas que se empeñan en apagarla mediante la violencia y la guerra. Esa imagen pone en evidencia una tensión central: la paz no surge de manera espontánea ni se impone por decreto; requiere cuidado, constancia y decisión colectiva.

La paz exige corresponsabilidad social. Exige asumir que el deterioro del tejido social no es un problema ajeno ni exclusivo de las autoridades, sino una herida que atraviesa comunidades enteras.

Uno de los mensajes más contundentes fue recordar que las víctimas ocupan un lugar central en cualquier proceso auténtico de paz. No puede construirse ignorando su sufrimiento, maquillando cifras o acelerando procesos sin sanar heridas. No habrá paz verdadera mientras no se reconozca la dignidad herida de las víctimas, mientras no se escuche su voz y mientras no se restituyan derechos mediante procesos reales de justicia restaurativa y reconciliación.

La presencia de las madres buscadoras marcó profundamente este encuentro. Con una voz firme y serena, recordaron que su lucha no nace del rencor, sino del amor y del deseo de que ninguna otra familia viva lo que ellas han vivido. Su testimonio evidenció que la paz no es una idea abstracta, sino una tarea concreta que pasa por la memoria, la verdad y la justicia.

La construcción de la paz comienza en lo cotidiano: en las familias, en las escuelas, en las empresas, en los barrios y comunidades. Comienza cuando alguien decide no normalizar la violencia, no callar ante la injusticia y no voltear la mirada ante el dolor ajeno. La paz necesita ciudadanos dispuestos a cuidar, a dialogar y a permanecer.

México no necesita solo discursos sobre la paz, sino voluntades dispuestas a sostenerla en lo cotidiano. La violencia no se desactiva solo desde las instituciones, sino desde una ciudadanía que se niega a normalizarla. 

Participar en la construcción de la paz implica escuchar a las víctimas, fortalecer el tejido social y asumir que el cuidado de la vida y de la dignidad humana es una responsabilidad compartida. Mientras haya personas dispuestas a amar y a permanecer, la paz seguirá siendo una posibilidad real para nuestro país.

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