loader

El Eje de las Américas

Aclaro: con-la-debida-proporción-guardada –y subrayando desde el inicio que no se trata de fenómenos equivalentes–, la idea de un Escudo de las Américas inevitablemente evoca la lógica de los grandes bloques geopolíticos que marcaron el siglo 20. En particular, la del llamado Eje Roma-Berlín-Tokio que enfrentó al mundo durante la Segunda Guerra Mundial.

La comparación, desde luego, es imperfecta. El eje encabezado por Adolf Hitler, junto con Benito Mussolini y el Japón imperial, fue una alianza entre regímenes totalitarios con ambiciones expansionistas que buscaban destruir el orden internacional surgido tras la Primera Guerra Mundial. Nada de eso –al menos formalmente– define al llamado Escudo de las Américas.

Sin embargo, las analogías históricas no se construyen por identidad absoluta, sino por semejanzas estructurales. Y lo que hoy empieza a perfilarse en el continente americano tiene, precisamente, la lógica de un bloque.

El Escudo de las Américas –una iniciativa estratégica impulsada desde Estados Unidos– pretende articular una coalición militar regional destinada a combatir al crimen organizado transnacional, particularmente a los grandes cárteles de la droga que operan en América Latina. En el papel, la idea parece razonable: los cárteles son organizaciones armadas con capacidad paramilitar, control territorial y redes financieras globales. El problema aparece cuando la lucha contra el narcotráfico se convierte en el argumento para redefinir la arquitectura de seguridad del continente.

No sería la primera vez. Durante la Guerra Fría, el combate al comunismo sirvió para justificar un sistema hemisférico de seguridad que terminó avalando intervenciones, golpes de Estado y doctrinas de seguridad nacional que marcaron con sangre la historia latinoamericana.

Hoy el enemigo ya no es ideológico sino criminal. Pero el mecanismo institucional podría ser similar: coordinación militar, intercambio de inteligencia, operaciones conjuntas y, eventualmente, la legitimación de intervenciones directas bajo el argumento de la seguridad continental. En ese contexto, el Escudo de las Américas puede interpretarse como algo más que un programa de cooperación policial. Podría convertirse en el embrión de una arquitectura militar hemisférica permanente.

Y ahí aparece la pregunta incómoda: ¿quién define la amenaza y quién controla la respuesta? Para países como México, el dilema es particularmente delicado. El crimen organizado ha erosionado de forma profunda la capacidad del Estado para ejercer soberanía territorial. Pero al mismo tiempo, aceptar plenamente una estructura continental de seguridad implica trasladar parte de esa soberanía a un sistema en el que el liderazgo estratégico –y operativo– recaería inevitablemente en Washington.

La historia latinoamericana está llena de ejemplos de cómo las soluciones de seguridad regional terminan subordinando las agendas nacionales. Por eso la discusión sobre el Escudo de las Américas no puede reducirse al combate contra los cárteles. Lo que realmente está en juego es la configuración futura del sistema político y militar del hemisferio.

El siglo 21 parece dirigirse hacia una nueva era de bloques geopolíticos. Mientras Europa se reorganiza alrededor de la OTAN y Asia vive la creciente rivalidad entre China y Estados Unidos, América podría estar entrando silenciosamente en su propia fase de alineamiento estratégico.

No es el nuevo Eje del siglo 20. Pero sí podría ser el inicio de algo que el continente no ha visto desde hace décadas: la institucionalización de un bloque militar hemisférico. Y como siempre ocurre con los bloques, la pregunta central no es sólo contra quién se construyen, sino qué tipo de orden político terminan produciendo.

X: @Ismaelortizbarb

jl/I

Te recomendamos

Artículos de interés

Director acepta déficit y retrasos en el Siapa
Estiman que agua sucia afecta al menos a 20% de la ZMG 
Persisten pendientes ante daños de Zapotillo
OCULTAR