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El odio como política de Estado

Puerta derribándose en la madrugada, llanto de niños separados de sus padres, miradas de impotencia ante un agente uniformado. Estas imágenes, grabadas y viralizadas desde los hogares estadounidenses, ya no son incidentes aislados: son la expresión sistemática de una política. Detrás de la brutalidad operativa del ICE late una arquitectura ideológica calculada, diseñada para deshumanizar. Y en el centro de ese diseño, como Rosenberg lo estuvo para el régimen nazi, se encuentra la figura metódica de Stephen Miller.

Los ancestros de Miller, judíos, llegaron a Estados Unidos en 1903 huyendo de los pogromos de la Rusia zarista. Su tatarabuelo, Wolf Laib Glosser, trabajó afanosamente para traer a familiares desde lo que hoy es Bielorrusia. No existe una traducción exacta de la palabra inglesa ‘hatemonger’, pero significa “incitador del odio”; así tituló Jean Guerrero su libro, subtitulado ‘Stephen Miller, Donald Trump y la agenda nacionalista blanca’ (2020).

Miller se convirtió en pieza fundamental de la política migratoria de Trump no solo como ideólogo, sino como operador con un poder sin precedentes para implementar esa visión. Su influencia se extendió desde la formulación de políticas hasta la supervisión operativa diaria del ICE logrando una aplicación coordinada y expansiva de la agenda antiinmigrante. Él mismo criticó a los funcionarios del ICE por las bajas cifras de arrestos: las detenciones rondaban el millar diario, Miller exigía tres mil arrestos por día.

Antes de Miller, el rechazo trumpista a la migración era un impulso electoral, una consigna eficaz para movilizar agravios. Con Miller, se convirtió en una cosmovisión. Su principal aporte fue conceptual: redefinir la migración no como un fenómeno económico, humanitario o demográfico, sino como una amenaza existencial para la nación estadounidense.

Para Miller los migrantes dejaron de ser personas para convertirse en riesgos: culturales, identitarios, de seguridad. Cada derecho otorgado a un extranjero se presentó como una pérdida directa para el ciudadano. Así, la política migratoria se convirtió en una batalla civilizatoria, una lógica de suma cero donde la compasión equivalía a debilidad.

Miller fue defensor clave de acciones militares, como la intervención en Venezuela, argumentando que la debilidad invita a la migración y que Estados Unidos debe actuar como una superpotencia gobernada por la “fuerza”. Su influencia radica en haber traducido la retórica migratoria en acciones ejecutivas concretas y en una coordinación operativa agresiva. Su estrategia legal buscó desmantelar los mecanismos de control judicial y debido proceso, mientras restringía la migración legal y proyectaba su agenda en el ámbito de la seguridad nacional y la política exterior.

Así, el círculo se cierra con una ironía histórica: el tataranieto de Wolf Laib Glosser, quien huyó de la persecución, se convirtió en el arquitecto de una nueva persecución, esta vez con sello estadounidense. Miller demostró que en el siglo 21 no se necesitan campos de concentración para avanzar una agenda de exclusión; basta con memorandos, órdenes ejecutivas y la despiadada eficiencia burocrática del ICE. Su historia es un recordatorio ominoso de que las fronteras más peligrosas no son las que separan países, sino las que, una vez trazadas en la mente de una sociedad, separan al ser humano de su humanidad.

@Ismaelortizbarb

 

NH/I

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