Andrés García, profesor de la preparatoria de Tlajomulco de la Universidad de Guadalajara (UdeG), desarrolló recientemente, con sus alumnos y una colega, una aplicación (app) de acceso libre en el teléfono celular para que la población haga un diagnóstico de su uso doméstico del agua y reduzca su huella hídrica.
La app cumple con un fin educativo al mismo tiempo que genera información local georreferenciada sobre el consumo de agua y el porcentaje de reducción hecho por los hogares. También ayuda a localizar fugas en tiempo real.
Por otro lado, Joaquín Barriendos y Ana Montes, investigadores del Instituto Tecnológico de Monterrey (ITM), han reunido un equipo de especialistas del ITM y de la UdeG. Han trabajado con líderes medioambientalistas de Tlajomulco de Zúñiga, para desarrollar una estrategia de educación ambiental y gobernanza local, basada en el monitoreo comunitario de los índices de toxicidad del agua en tiempo real y georreferenciada.
El proyecto busca que los habitantes adquieran las capacidades técnicas y las habilidades para hacer uso de una innovación socio-ambiental. Apoyándose en ella, los ciudadanos también podrán exigir una política pública en beneficio de la salud ambiental de la localidad y de los cuerpos de agua.
Tlajomulco es uno de los sitios donde las fuentes de agua limpia se han agotado porque se ha permitido, con corrupción, la contaminación por descargas de aguas residuales de las industrias (irresponsables e impunes, como la inmobiliaria). En respuesta, estos académicos desarrollan procesos y actividades educativo-ambientales para generar una participación que dignifique a esta localidad e indirectamente al Área Metropolitana de Guadalajara (AMG).
¿Cuál es la relevancia de estos proyectos, especialmente en la actual crisis sanitaria del agua en el AMG? Los equipos académicos están desarrollado un modelo de ciencia renovada que entiende que si el proceso técnico-científico de construcción de datos sobre la composición tóxica del agua, se hace con un proceso de participación social, mediante muestreos y monitoreos amplios y transparentes de la calidad del agua, se logra una doble ganancia.
Por un lado, la generación de datos confiables y precisos para atender problemas técnicos e investigar mejoras en ese sentido y, por otro, un proceso comunitario que ayuda a incrementar el interés social y la responsabilidad en el uso y cuidado del agua.
Este modelo de ciencia con conciencia es capaz de construir valores sociales, conocimientos y tecnologías para tomar decisiones colectivas, al mismo tiempo que revierte, educativamente, modelos institucionales poco transparentes sobre la calidad del agua y permiten la corrupción.
La ciencia ciudadana pone en evidencia también que el organismo operador y gestor del agua, el Siapa, ha caducado, toda vez esa institución no tiene las atribuciones para investigar ni detener la contaminación de los afluentes ni el riesgo sanitario que represente la distribución de un agua tóxica.
El problema exige una renovación de las políticas del agua, cuya base sea una educación ciudadana competente. Hay quien está empujando eso, por lo que su trabajo debe reconocerse y apoyarse socialmente.
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