En días recientes, la Organización de las Naciones Unidas declaró una alerta sanitaria ante el alarmante aumento de contagios de sarampión en el mundo, y de manera particular en nuestro país y en nuestro estado.
De acuerdo con expertos y autoridades, la propagación de la enfermedad se debe a dos factores. El primero es la llamada “cero dosis” que se provocó desde 2020, cuando la pandemia por Covid-19 limitó severamente que los niños recibieran el esquema de vacunación completa. El otro es la fácil y rápida propagación que tiene este virus (uno de los más contagiosos) por medio de los aerosoles producidos al toser o estornudar. Las autoridades de Salud en el estado sostienen que si una persona con Covid-19 puede contagiar a ocho personas, una con sarampión puede infectar a quince. Por esa razón estamos en un riesgo de contagio mayor al que el que experimentamos en la anterior pandemia.
A este escenario se suma el fenómeno de los llamados “viajes de venganza”, es decir, el incremento acelerado de desplazamientos tras las restricciones por Covid-19.
Este contexto facilita la expansión de enfermedades altamente peligrosas, especialmente para poblaciones vulnerables, entre ellas las que viven en condiciones de pobreza.
Pero, ¿acaso no nos prometimos haber aprendido de la pandemia Covid-19 para cuidarnos y cuidar al planeta?
Esta nueva crisis pone en duda que se hayan generado aprendizajes sociales de cuidado y responsabilidad entre la población. No se evidencian hábitos, ni conductas de consideración especialmente hacia los otros y hacia el medio ambiente; por el contrario, el individualismo y el placer personal se privilegian por encima de cualquier alerta. La irresponsabilidad de enfermos que no toman medidas para evitar riesgos y contagios hacia los demás.
La extensión del sarampión en el país comprueba que la vacunación fue tardía y respondió más a la presión ante el próximo Mundial de Futbol que a decisiones gubernamentales tomadas a tiempo y bajo el funcionamiento de sistemas de datos robustos. Queda la deuda de la atención equitativa y la inversión sostenida en salud pública.
Por otro lado, entre la población no hemos comprendido que la protección individual es insuficiente y, en muchos casos genera discriminación. La deuda es el aprendizaje del cuidado de la salud comunitaria, lo que implica asumir una responsabilidad consciente hacia los demás: usar cubrebocas cuando es necesario, mantener distancia, evitar dispersar aerosoles o no acudir a lugares concurridos estando enfermos. No podemos incapacitar a otros por falta de cuidado.
Tampoco aprendimos a evitar reproducir desinformación. Por ejemplo, se siguen reforzado mensajes falsos y alarmistas respecto de la vacunación.
Finalmente falta adoptar un modo de vida sencillo, ético y ambientalmente consciente. La contaminación y el deterioro ambiental no son problemas aislados; por el contrario, están conectados en la generación de próximas pandemias.
Lo anterior significa que educarnos ambientalmente y asumir los aprendizajes sociales causados en contextos de crisis, no es una opción moral, sino una estrategia urgente de prevención de la salud humana y planetaria.
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