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‘Artemis II’ y el planeta

El lanzamiento del ‘Apolo 11’ a finales de los años 60 generó un gran júbilo por la promesa que significaba este adelanto tecnológico para ser aplicado a diversas áreas de la vida moderna: salud, comunicaciones, meteorología y muchas otras para beneficio de los humanos.

Entonces no parecía que el mercado estaría marcando este gran proyecto y que las ventajas tecnológicas no serían para toda la humanidad. Muchas personas no lo ligaban con la competencia armamentista y mucho menos se pensaba en el costo ambiental que este desarrollo tecnológico tendría para la vida en todo el planeta. 

La publicidad buscaba ganar la simpatía de la población debido a las enormes inversiones que implicaba el proyecto, antes de destinarse a otras áreas más sensibles de la sociedad.

Otras áreas de la mercadotecnia cienciotecnológica que prometían el progreso a beneficio de la humanidad, terminaron en producciones altamente contaminantes desde entonces hasta la fecha. Tanto es así que el Banco Mundial señaló recientemente que la próxima crisis planetaria será por la contaminación causada por los productos tóxicos.

La propaganda o divulgación de los adelantos tecnológicos suele descalificar y minimizar a las críticas, sobre todo si se trata de considerar asuntos éticos y límites planetarios.

Después de cincuenta años aparece un nuevo proyecto de la NASA para enviar una misión tripulada a la Luna. Al menos cinco grandes contratistas privados participaron en el financiamiento. Se trata de empresas posicionadas en la tecnología de satélites y viajes espaciales. 

‘Artemis II’ busca mayor presencia humana en el espacio y abre las expectativas científico-mercantiles para la explotación de la naturaleza exoplanetaria, con el mismo modelo de ganancias sin un marco ético que la limite. Se instala industria del saqueo de minerales espaciales y explotación de viajes turísticos, además de experimentar tecnologías con aplicaciones en campos como la biomedicina y otras, entre la que sobresale la energía solar espacial (traída a la tierra por microondas) que, de acuerdo con el responsable del Laboratorio de Instrumentación Espacial del Departamento de Físicas de Altas Energías de la UNAM, está tasada en ocho trillones de dólares.

La frecuencia de los viajes espaciales importa por muchas razones sociales y ambientales.

Aunque la propaganda de ‘Artemis II’ hable de una “misión limpia”, este proyecto no pudo evitar una importante huella de carbono, es decir, sigue siendo una industria dependiente de los combustibles fósiles. La preocupación ambiental además refiere a los límites de regeneración del equilibrio atmosférico causado por los microagujeros en la capa de ozono.

Los beneficios de esta tecnología ocasionan otros efectos de estratificación social. Además, los acuerdos internacionales no limitan los derechos de propiedad de los materiales extraídos de la Luna o del espacio para las empresas.

En fin, mientras el lanzamiento de ‘Artemis II’, encantó a diez millones de espectadores simultáneos, más los que siguieron el ‘reality show’ protagonizado por los tripulantes, el reto del proyecto espacial sigue siendo el mismo que hace medio siglo: dejar de confiar en la propaganda de una ciencia y tecnología mercantil que no tiene límites éticos ni ambientales.

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jl/I

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