Es doloroso observar la realidad y ver que en el mundo se dice muchas veces que “se está en guerra a favor de la libertad y la democracia”; sin embargo, lo paradójico, por más que se hable de libertades y la importancia de la opinión, decisión y determinación de los pueblos, es que no se toleran comentarios que critican el ejercicio del poder.
Peor aún, se busca concentrar ese poder como una “verdad absoluta” sin derecho de réplica o un contrapeso, llegando al extremo de “si no estas a mi favor estas en mi contra” lo cual es un “principio” maquiavélico.
¿Qué tiene que ver lo anterior con el fascismo? La relación aparece cuando el poder pretende convertirse en una verdad incuestionable y transforma la crítica en una amenaza bajo la lógica maquiavélica ya mencionada. Se deja de reconocer al otro como alguien con derecho a pensar distinto y se le convierte en un enemigo que debe ser silenciado.
Esta negación del pluralismo, acompañada del culto al líder, un nacionalismo excluyente y la legitimación de la violencia política, constituye un rasgo característico del fascismo. Aunque no toda práctica autoritaria es fascista, resulta contradictorio hablar en nombre de la libertad y la democracia mientras se debilitan los contrapesos y se niega el derecho a disentir.
La democracia exige que el ejercicio del poder pueda ser cuestionado y criticado. Lo anterior para evitar los abusos, totalitarismos, clientelismos y todo este coctel de elementos que se traducen en perversidad.
Bien está escrito, en la máxima de Platón, que toda persona que ejerce el poder del estado tiene que tener como base dedicarse a la filosofía. Muy probablemente hizo ese comentario para comprender la justicia y el bien, pero no meramente mediante un discurso, sino con acciones que conlleven valores éticos con el objetivo de orientar los hechos hacia el beneficio de las diversas comunidades. Thomas Mann aporta que la defensa de la democracia exige respetar la dignidad humana y hace énfasis en tener cuidado con el fascismo, ya que regresará en nombre de la “libertad”.
Por su parte, la filósofa Graciela Hierro manifiesta la defensa de la autonomía y la crítica hacia la opresión que ejerce el poder. A todo esto, se suma el filósofo Albert Camus, quien habla de lo trascendental que es evitar “casarse” con las ideologías de “derechas o izquierdas” y propone la mesura para poder utilizar la crítica.
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