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‘Prebunking’ y trazabilidad contra la desinformación

En la anterior entrega de esta columna comentábamos que, aunque suele abundar una fijación hollywoodense por escenarios apocalípticos causados por la inteligencia artificial (IA), lo que sí presenciamos son operaciones de desinformación automatizada. Granjas de bots impulsadas por IA, sin intervención humana directa, capaces de rastrear emociones y tendencias en tiempo real para desplegar miles de mensajes coordinados y polarizar la conversación pública.

De por sí ya eran peligrosas para la democracia las campañas de propaganda negra “a la antigüita”, impulsadas por “agencias de marketing político” que inflan candidaturas o acosan voces críticas.

Ante este entorno las respuestas tradicionales han quedado rebasadas. Desmentir un rumor cuando ya se volvió viral es una batalla perdida; por ello, la verificación moderna evoluciona hacia el ‘prebunking’ o inoculación cognitiva.

Como ocurre en las ciencias de la salud, se trata de estrategias que permitan la detección temprana de narrativas desinformadoras.

A diferencia de la verificación de datos tradicional (fact-checking) –la cual debe seguir existiendo, pero que actúa de manera reactiva desmintiendo la mentira una vez que ya se ha propagado–, el ‘prebunking’ consiste en anticiparse a la desinformación explicando previamente a la sociedad, las tácticas, patrones y estructuras narrativas manipulativas. 

Se trata de detectar los focos rojos que nos permiten saber cuándo estamos frente a potenciales agentes propagadores de la desinformación. 

Ojo: no es casual el uso de términos parecidos a la epidemiología, pues la desinformación funciona, literalmente, como una plaga.

El otro frente tiene que ver con la crisis de la imagen. Las fotos o videos ya no son certificados irrefutables de la verdad, por ello los especialistas recomiendan usar un sistema llamado C2PA (Content Credentials), que básicamente coloca un “sello digital” que garantiza la trazabilidad de la imagen, desde que se toma, de modo que cualquiera pueda saber si fue editada y cómo.

Además, los periodistas deben formarse como especialistas forenses en inteligencia de fuentes abiertas (OSINT). Es decir, aprender a revisar las imágenes con herramientas concretas: mirar datos escondidos en las fotos, dividir un video en cuadros para analizarlo, o incluso calcular la posición del sol para comprobar si una sombra coincide con la hora y el lugar.

En un entorno hiperautomatizado, el valor del periodismo no radicará en ganar carreras endiabladas por la nota del momento, sino en saber combinar tecnología y sentido crítico para que la gente pueda confiar en lo que ve y lee, bajo el principio irrenunciable del “Human-in-the-Loop” (supervisión humana continua).

Esta tarde del 1 de octubre de 2026 me complacerá conversar sobre estos tópicos con estudiantes la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) en el Seminario de Periodismo en la Era Postmediática e IA. Muy agradecido con la generosa invitación.

 

*Coordinador de la Licenciatura en Comunicación Digital y Periodismo del CUGDL e investigador de la UdeG

 

[email protected]

X: @julio_rios

jl/I

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