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IA: entre el apocalipsis y la desinformación

En últimos días se ha vuelto común escuchar advertencias sobre los peligros de la inteligencia artificial (IA), al estilo de Skynet. Se habla de máquinas que desatar holocaustos y aniquilarnos, muy ad hoc, por cierto, con el reestreno en cines de ‘Terminator 2’, de James Cameron.

Los rumores se dispararon cuando circuló la versión de que un supuesto enjambre de IA de OpenAI había escapado de un espacio confinado y ‘hackeado’ a otra empresa. Pronto, un ingeniero de Anthropic advirtió sobre riesgos de aniquilación de la humanidad. Ante ello, más de mil 300 especialistas llamaron a la calma y a pausar la carrera endiablada por el desarrollo de estas tecnologías.

Voces críticas como la de la filósofa Carissa Véliz, investigadora de Oxford y del Instituto de Ética de la IA, cuestionan estas predicciones. Para ella se trata de trucos psicológicos que alimentan fantasías apocalípticas y apunta que la IA no es un fenómeno nuevo en cuanto a sistemas que se salen del control humano. Históricamente, los ha habido, menos glamurosos y menos tecnológicos (pienso en el Siapa, por ejemplo). Y en su pódcast, ‘La Base’, Pablo Iglesias lo sintetiza con crudeza: la IA termina siendo un espejo de la maldad humana; el peligroso, en última instancia, es el sistema capitalista.

A partir de estas reflexiones conviene desplazar el foco hacia lo que sí constituye un riesgo inmediato: la desinformación masiva. Ya no hablamos solo de ‘deepfakes’ cada vez más sofisticados, sino de granjas de ‘bots’ y campañas de propaganda negra que funcionan sin intervención humana. Así lo reveló en marzo pasado un estudio elaborado por investigadores del Instituto de Ciencias de la Información (ISI) de la Universidad del Sur de California (USC).

Esas campañas funcionan con algoritmos entrenados para detectar tendencias y emociones en tiempo real y generan mensajes diseñados para amplificar el miedo, la polarización o la confusión. Recordemos que la desinformación activa esos resortes (recomiendo ‘Las ciencias de la emoción desde la complejidad y la transdisciplina’, de la gran Julieta Haidar).

Miles de cuentas falsas (creadas por la propia IA) replican y difunden simultáneamente los mismos contenidos, detonando la ilusión de consenso social, segmentando audiencias con precisión quirúrgica y adaptando narrativas distintas para cada grupo, desde memes hasta artículos falsos en portales que imitan medios legítimos (‘fake media’).

Si de por sí, como hemos analizado en este diario, las campañas de desinformación “a la antigüita” han sido cruentas contra comunicadores y activistas críticos; ahora, con el poder de la IA, el escenario se vuelve aún más inquietante.

La desinformación tiene consecuencias tangibles en la vida democrática, en la seguridad de periodistas y en la percepción social de la realidad. Frente a ello, la tarea no es alimentar fantasías distópicas, sino fortalecer mecanismos de verificación, alfabetización mediática y regulación democrática. Y, por cierto: ahora que la SEP ha puesto el ojo en las pantallas de celular, ojalá tome estas aristas en cuenta, pues a través de estos dispositivos circulan masivamente estos contenidos de desinformación.

*Investigador de la Maestría en Periodismo de la UdeG

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jl/I

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