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Emocracia: el régimen de las emociones

Hace unos días vi en el Instagram de una amistad una historia con la advertencia: “Vean y llénense de rabia”. Acompañaba frases sueltas de personajes históricos, pero despojadas de contexto lo que hacía imposible saber si antes o después de esas citas los aludidos habían completado la idea con argumentos que matizaran, ampliaran o incluso contradijeran lo expuesto.

Me quedé pensando en la palabra “rabia”: una emoción pura, visceral y antítesis de la reflexión pausada. No digo que falten motivos para indignarnos en este país y a nivel global, pero llama la atención cómo apelar a los sentimientos y no a la razón se ha normalizado incluso entre usuarios con muy pocos seguidores.

Todos los días vemos a influencers, estrategas y políticos utilizar fórmulas idénticas: “Te va a hervir la sangre cuando veas esto”, “Indígnate frente a esta traición”, “No seas cómplice” o “Comparte si a ti también te duele”. Frases que operan más como exordios, que se asemejan a las técnicas que Arthur Schopenhauer describe en su clásico libro sobre dialéctica erística ‘El arte de tener razón’.

La deliberación pausada ha sido reemplazada por lo que la pensadora somalí-holandesa Ayaan Hirsi Ali acuñó en 2019 como “emocracia” para describir cómo las democracias occidentales estaban mutando hacia un sistema regido por el “absolutismo subjetivista”, donde la política dejó de tratarse de ideas, principios o datos objetivos, para centrarse en “cómo nos hacen sentir” las políticas y los discursos.

La emocracia (un enfoque bajo el que bien podríamos diseccionar álgidos sucesos de la agenda pública en los últimos años en México y los recientes días en Jalisco) florece gracias a condiciones del entorno moderno, tales como la decadencia de la intermediación (donde ya no hay filtros entre el emisor y el impulso de la masa), la instantaneidad y el triunfo de la posverdad.

Lo que más influye son los algoritmos de las redes sociales que persiguen la “optimización del engagement” –modelo que busca retener nuestra atención a toda costa– y el “sesgo de negatividad algorítmica”, que es la tendencia a priorizar y amplificar el contenido negativo, indignante o moralmente condenatorio porque genera mayores niveles de interacción en las redes sociales. Ese decir, el ecosistema digital está diseñado para exacerbar el conflicto y premiar el contenido tóxico.

Desde la semiótica, todo ello apela a lo que Charles Sanders Peirce definió como primeridad, es decir, “la cualidad pura, la sensación y el sentimiento” sin razonar. Me parece que la democracia liberal clásica es posible gracias a la comprensión de una cualidad llamada terceridad, la cual requiere tiempo, un proceso de abstracción mental y referencia a normas compartidas. La emocracia, en contraste, empuja el discurso hacia el arrebato, a veces sin contrastarlo con lo factual.

La primacía de la víscera termina dictando la agenda pública: gobiernos que impulsan políticas reactivas en lugar de preventivas, diputados legislando sobre las rodillas, medios de comunicación desesperados que recurren al sensacionalismo y al clickbait, y el implacable linchamiento digital.

Por supuesto que existen situaciones, tragedias o crisis (como la del agua sucia en Guadalajara o los feminicidios en todo el país) que justifican plenamente nuestra indignación. Sentir rabia es profundamente humano, pero la única respuesta no debe ser el sobresalto visceral, ni mucho menos la rendición intelectual, ni que nos olvidemos de verificar la información.

Así que la próxima vez que la red te exija indignarte, respira, detente, duda. Y antes que otra cosa, piensa. Como proponía Descartes.

*Investigador de la UdeG y coordinador de la Licenciatura en Comunicación Digital y Periodismo

X: @julio_rios

jl/I

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