Durante años, diversos analistas han intentado explicar los recientes fenómenos políticos apelando a la vieja metáfora del péndulo. Yo mismo llegué a cometer ese error. Sin embargo, luego de lo ocurrido en Argentina, Colombia y ahora en Brasil, es evidente que no existe ya tal péndulo. No es un regreso al conservadurismo del pasado, sino la irrupción de una especie política inédita, con nuevas y más perversas formas de operar.
Lo que vemos hoy es la insolente irrupción de las “derechas alternativas”, un bloque que aglutina a grupos muy distintos entre sí. Sin embargo, más allá de coincidir en ciertas posturas ultraconservadoras, los une un claro enemigo: la izquierda, a la que trasnochadamente llaman “comunismo”. Su éxito se basa en estrategias comunes –evidentemente coordinadas a nivel transnacional– que movilizan resortes emocionales a través de consignas en las que se articulan el discurso de odio y la mentira.
Por supuesto, no quiero decir que en la izquierda son blancas palomas y no echan mano de la desinformación. Ya tendremos la oportunidad de abordarlo. Pero en mi caso personal sí me preocupa la irrupción de estas nuevas derechas porque abanderan agendas sumamente regresivas, legitiman discursos de odio contra valiosas poblaciones LGBTQ+, mujeres, comunidades indígenas y otros grupos históricamente discriminados, mientras intentan demoler irreparablemente grandes conquistas sociales y laborales.
Ya alguna vez comentamos en esta columna que el éxito de estas nuevas derechas se debe, entre otros factores, a que robaron banderas que históricamente pertenecían a la indignación popular de la izquierda, como relata Pablo Stefanoni, en su libro ‘La Rebeldía se volvió de Derechas’. Estas derechas capitalizan el descontento genuino y el individualismo del “sálvate tú porque el Estado estorba”.
A esto le sumamos que la cultura ‘woke’ (la cual no tiene nada que ver con las banderas progresistas históricas como el universalismo y la justicia social, tal y como escribió Susan Neiman en su gran libro ‘Izquierda no es igual a woke’) se ha ganado repudio por sus posturas performativas. También tiene que ver la decepción por la falta de resultados, la corrupción y el autoritarismo de algunos líderes autoproclamados de izquierda en Latinoamérica.
Pero hoy quiero referirme a la gigantesca estrategia de desinformación que sostiene su expansión transnacional. En Brasil, la mismísima OEA alertó severamente por la grave manipulación mediática antes de las elecciones. En Colombia, verificadores de información reportaron la difusión constante de encuestas falsas, creadas con datos sin sustento, buscando favorecer al hoy presidente Abelardo de la Espriella.
Estas tácticas trascienden continentes. Un ejemplo, en Nigeria, se viralizó un audio completamente fabricado simulando la voz del galardonado Nobel de Literatura Wole Soyinka con un supuesto respaldo al candidato Bola Ahmed Tinubu. Asimismo, en Eslovaquia, apenas 48 horas antes de la jornada de votaciones, circuló un audio falso de Michal Simecka, líder de Eslovaquia Progresista, confesando supuestamente una compra de votos a gitanos. Luego de esto, perdió las elecciones.
En México, el actual escenario político exige suma cautela. Aunque hoy no parecieran existir las condiciones ideales para que estos grupos de derechas se aglutinen bajo un liderazgo unificado, subestimarlos sería un error fatal. Estos fenómenos se incuban y estallan en cuestión de meses, alcanzando un crecimiento exponencial casi imposible de detener.
Por ello, quienes defienden y creen en los derechos sociales, de género y de la diversidad, no deben dormirse en sus laureles, y mucho menos dejar resquicios por donde estas radicalidades logren colarse para imponer sus agendas regresivas.
*Investigador de la UdeG y coordinador de la Licenciatura en Comunicación Digital y Periodismo
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