La semana pasada acudí al Foro Regional Más Allá de las Pantallas, realizado en el Centro Cultural Universitario de la Universidad de Guadalajara, organizado por el subsecretario de Educación Superior, Ricardo Villanueva, junto a la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES) y la UdeG. Ahí se expusieron las cifras sobre el grave problema por el hiperconsumo de los jóvenes en pantallas de dispositivos electrónicos y sus afectaciones psicosociales y en el renglón educativo.
Los estudiantes de bachillerato consumen un promedio de siete a nueve horas diarias de contenido digital, el 78 por ciento duerme con el celular, un tercio se despierta varias veces por la noche para revisar mensajes y más de la mitad se declara nomofóbico (pavor a estar alejado del celular), según explicó la catedrática María Teresa Prieto Quesada, que por cierto advirtió que el síndrome Hikikomori, asociado a la adicción a Internet y al aislamiento social, ya se registra en México. Además, el 41 por ciento ha sufrido ciberacoso y un 34 por ciento es controlado por su pareja a través del teléfono.
Pero hay un aspecto que considero que también debe ser abordado en el análisis. La sobreexposición crónica a las pantallas constituye el terreno idóneo donde echa raíces el gravísimo peligro de la desinformación masiva.
Al respecto, también la semana pasada, junto con la maestra Wendy Aceves, investigadora de mi casa universitaria, la UdeG, presentamos en la Universidad Autónoma de Sinaloa, Unidad Mazatlán, durante el Encuentro de la Asociación Mexicana de Investigadores de la Comunicación (AMIC), los avances de un estudio sobre la desinformación que circuló durante la jornada de eventos de alto impacto que sacudió a Jalisco el pasado 22 de febrero.
Durante esas horas críticas circularon rumores y contenidos digitales de diversa índole: desde el falso ataque al Aeropuerto Internacional de Guadalajara, hasta imágenes descontextualizadas, deepfakes generados con inteligencia artificial y mensajes o audios alarmistas en WhatsApp que anunciaban supuestos toques de queda o incursiones armadas en hospitales. Todo, por cierto, aprovechado por un vacío institucional que se prolongó varias horas.
Al pasar casi un tercio del día conectados, los jóvenes quedan totalmente indefensos ante el flujo incesante de noticias falsas y contenidos distorsionados que circulan sin filtro. Esto hace imprescindible que la alfabetización mediática se incorpore al análisis y a las medidas derivadas de los foros convocados por la SEP. Es necesario agregar esta arista en el análisis, pues finalmente también impacta la salud mental.
Resulta un acierto que la SEP, a través de Ricardo Villanueva, convoque activamente a abordar esta problemática de manera transdisciplinaria. Y bajo esa perspectiva, la desinformación derivada del abuso de pantallas debe formar parte del análisis.
No es cosa menor la desinformación puede tener afectaciones en la salud de las personas (lo vimos en la pandemia con fallecimientos por ingerir “remedios alternativos”) o en el patrimonio (quienes invierten en negocios que resultan ser estafas). Y por supuesto, la desinformación también erosiona a los procesos democráticos y enturbia la discusión pública.
*Investigador de la UdeG en la Maestría en Periodismo
X: @julio_rios
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