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Desinformación, abandono y solidaridad

Los hechos que el domingo pasado estremecieron a la mayoría de municipios en Jalisco y otros estados nos dejan varias lecciones que no deberíamos ignorar. Señalo solo cuatro:

1.- Los difusores de desinformación aprovechan coyunturas críticas para propagarla e intentar desestabilizar. Opositores políticos, pseudocomunicadores que buscan clics. Además, los grupos ilícitos trasladan sus estrategias de pánico a las redes sociales. Es decir, incendian las avenidas digitales para amplificar el miedo y paralizar a la población.

Si aún no quedaba claro lo fundamental que es consumir información de calidad y valorar el periodismo profesional y riguroso, esta encrucijada lo demostró con contundencia.

Como tantos ciudadanos, quedé varado junto a muchas personas y ahí fui testigo de cómo la desinformación puede provocar histeria en escenarios de por sí cargados de ansiedad. Afortunadamente contaba con información verificada que colegas me enviaban, lo que me permitió orientar a quienes estaban presentes. Pero no todos tienen esa ventaja y, ante los prolongados vacíos oficiales, quienes los llenan no siempre lo hacen con buenas intenciones.

2.- Es comprensible que operativos de gran magnitud no puedan anticiparse, sobre todo ante la desconfianza entre autoridades federales, estatales y municipales. Sin embargo, la esfera local debería contar con protocolos listos para activarse en situaciones extraordinarias, pues la posibilidad de que ocurran siempre ha sido conocida.

La ciudadanía percibió una ausencia de tales mecanismos (si es que existen): miles de personas quedaron abandonadas en las calles sin posibilidad de regresar a sus hogares tras la interrupción abrupta del transporte. Aunque la medida era necesaria, no se previeron alternativas para reducir la angustia de familias que esperaban a sus hijos o parejas. La sensación fue: estar abandonados a su suerte. 

Y surge una pregunta clave: ¿si todo esto hubiera ocurrido en lunes? ¿Con la población en sus trabajos o escuelas? No quiero ni imaginarlo.

3.- Ante la emergencia la sociedad se organizó espontáneamente. Desde compartir un plato de frijoles a quien se quedó sin despensa, ofrecer transporte a los varados, difundir listados de negocios abiertos o simplemente enviar al amigo un mensaje empático: “¿Cómo estás? ¿Cómo te sientes?”.

Como en las grandes coyunturas históricas de nuestro país –los sismos de 1985 o las explosiones del 22 de abril– fueron las personas quienes hicieron gala de sus virtudes solidarias, mientras las autoridades permanecían pasmadas y rebasadas. La solidaridad social fue el rayo de luz que irrumpió entre las espesas columnas de humo.

4.- Leí a muchos usuarios de redes sociales cuestionar: ¿cuándo dejamos crecer tanto este fenómeno?, reprochando la permisividad que se ha otorgado a expresiones delincuenciales, incluso transfiguradas en productos culturales y de entretenimiento.

Generar base social ha sido clave para estas organizaciones y el escozor del domingo es momento para que la sociedad emprenda una reflexión profunda y deje atrás la tolerancia o complicidad pasiva. 

Este parece un parteaguas para que la gente comprenda que esto no es divertido, aunque se plasme en corridos de moda. Sino que es un problema que erosiona la convivencia, destruye comunidades y amenaza el futuro colectivo. 

*Profesor investigador de la UdeG

 

X: @julio_rios

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