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Reducir el Congreso no remedia la plaga

Uno de los aspectos que más llaman la atención sobre la inminente reforma electoral en México es la posible reducción de los diputados de representación proporcional, mejor conocidos como plurinominales. Esta figura, poco apreciada por la ciudadanía, ha sido vista como un canal para que lleguen al Congreso personajes sin arraigo popular, aunque en sus orígenes tuvo un propósito noble: garantizar que voces minoritarias tuvieran representación.

La reforma electoral de 1977 introdujo los plurinominales para corregir las distorsiones del sistema mayoritario. Un ejemplo: si un partido gana todos los distritos con apenas un margen mínimo sobre el segundo lugar, se llevaría la totalidad de los escaños, dejando fuera a una fuerza política con respaldo significativo. La representación proporcional buscaba equilibrar esa distorsión y, en algunos casos, permitió la llegada de perfiles técnicos que enriquecieron el debate legislativo, pero no tenían carisma para ganar en las urnas.

México y Alemania son ejemplos de países con sistemas mixtos, que combinan triunfos distritales con representación proporcional. En contraste, naciones como España, Países Bajos o Sudáfrica aplican esquemas de proporcionalidad pura donde la lógica es sencilla: si un partido obtiene el 20 por ciento de los votos, recibe el 20 por ciento de los escaños.

Y vaya ironía. En México se ha planteado la idea de reducir la Cámara a 100 diputados, repartidos estrictamente por porcentaje de votos. Es decir, todos serían de los satanizados plurinominales. Si se hubiera aplicado este esquema en 2024, Morena seguiría siendo la primera fuerza, pero bajaría de 47.2 a 41 por ciento. El PT y el Verde, con 10.2 y 15.4 por ciento, se reducirían a 5 y 8 por ciento. La alianza oficialista mantendría mayoría absoluta con 54 por ciento.

La oposición, en cambio, ganaría terreno. El PAN subiría de 14.4 a 17 por ciento; el PRI de 7 a 11 por ciento y Movimiento Ciudadano subiría de 5.4 a 11 por ciento. La oposición pasaría de 26.8 a 39 por ciento, conformando un bloque más robusto.

La reducción a 100 diputados implicaría un ahorro sustancial: de los 87 millones de pesos que hoy cuesta la nómina anual, se pasaría a 17.4. Es decir, menos gasto público sin alterar de manera radical el equilibrio legislativo.

Pero si bien esta idea parece reflejar con fidelidad la voluntad ciudadana en cuanto al número de votantes, no siempre garantiza diversidad política. Al centrarse en una lista de votos nacionales excluye liderazgos regionales o minorías y, peor aún, deja en manos de los partidos la colocación de las personas que ocuparían las curules. Aun así, la representación proporcional no puede eliminarse del todo: el sistema mixto sigue siendo el ideal, por lo que expliqué en el segundo párrafo.

El ejercicio hipotético de los números muestra que el problema no está en el diseño del sistema electoral, sino en el uso que los partidos han hecho como botín político de plurinominales y candidaturas de mayoría: espacios para compadres, fuero a ex gobernadores o exalcaldes con cuentas pendientes y su rol como engranaje para controlar recursos. Mientras eso no cambie, no habrá remedio.

@julio_rios
[email protected]
* Profesor Investigador de la UdeG

 

 

NH/I

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