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45 

Era ya domingo por la madrugada. Ya habíamos bebido cada uno un trago. Él, un moscow mule y yo, un daiquirí. Había habido un concurso de disfraces; la botella se la ganó un gnomo no muy producido, pero sí lleno de entusiasmo. 

Hablábamos de la vida, de la muerte, del amor, de los vínculos, de las elecciones que hacemos… esas cosas profundas que llegan en la noche, en un bar a media luz adornado con telarañas falsas, luces anaranjadas en focos con forma de calabazas y baristas con maquillaje impecable. 

El lunes 2 de noviembre sería mi cumpleaños. Él hizo una pregunta que me detuvo un momento: ¿pensaste que llegarías a los 45 años? Le respondí que sí, que no era una edad que veía tan alejada. Y luego solté que lo que no me imaginaba era en pasar de los 65. Veinte años más y ya. 

Su pregunta me hizo pensar y ahondé en que más que plantearme si iba a llegar a los 45 años era la forma en que llegaría a ellos. El tipo de persona que sería. Y la verdad es que no soy nada de aquello que imaginaba ya no digamos hace diez o veinte años, sino hace siquiera uno, cuando cumplí 44. 

En todo caso me gusta la idea, le dije, de que puedo mostrarles a mis sobrinas (porque no tengo hijas) que existen muchas maneras de llegar a la adultez. Que hay opciones para elegir la vida que tal vez les gustaría y que no por no estar en lo considerado familiar o conocido significa que es incorrecto. No para que me tomen como ejemplo, sino que conozcan que hay cosas que ellas pueden hacer por sí mismas si así lo desean. 

Pero claro que su pregunta me quedó rondando en la cabeza aun después de nuestro segundo trago y luego de habernos despedido con un abrazo (otro más) para ir cada uno a casa. 

Hace un año yo tenía un proyecto de vida muy distinto al de ahora. Tenía una perspectiva muy diferente a la que tengo en estos momentos. Hace un año tenía menos de dos meses en terapia psicológica, luego de varios colapsos y de sentir que estaba sosteniendo una existencia que se me escapaba de las manos, que no quería siquiera levantarme, con un montón de miedos incrustados en lo más profundo, con duelos irresueltos y con una tendencia terrible a imaginar los peores escenarios y a querer controlarlo todo, como si ello me permitiera adelantarme para sufrir menos, cuando en realidad sufría más: cuando lo creaba en mi cabeza y cuando lo vivía. 

Fue un año dificilísimo lleno de decisiones complicadas. Con resultados devastadores para mí y para personas que me rodean, y cuyas consecuencias siguen revelándose todos los días. No soy triunfalista ni quiero pensar en que ha sido fácil, porque justo ha habido un duelo también por esa persona que ya no seré y que pensaba que sería para mis 45, 47 o 50 años… 

Pero también hay algo que es cierto. Me gusta esta nueva persona que he descubierto ser. Me gustan mucho quienes me han acompañado durante este tiempo, tanto quienes ya estaban como quienes llegaron. Me gusta sentir que de verdad el trabajo terapéutico ha servido para cambiar la forma en la que abordo la vida. 

Me gusta la libertad de sentir, de decir lo que pienso sin imaginar lo peor como respuesta, de dimensionar la justa magnitud de la mayoría de los inconvenientes que se me ponen enfrente. 

Me gusta cómo me perdono cada día, cómo me quiero de a poquito, cómo he aprendido a confrontarme a mí y a todo aquello que pensaba, y replantearlo casi hasta los cimientos. 

Y me siguen gustando los abrazos fuertes y las personas inteligentes; la comida rica y el cine; las manos hermosas y las pláticas sin fórmulas, como la que dio origen a esto que escribo. 

Los 45 llegaron con sorpresas y sin certezas. Con música nueva y sin guiones. Con nombres distintos y sin garantías. Con traguitos para probar y sin avales. 

Pero llegaron. 

@perlavelasco 

 

 

BG/I

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