Hace apenas cuatro meses, tras los hechos violentos registrados el 22 de febrero en Jalisco, no faltaron quienes auguraban un desastre para Guadalajara como sede de la Copa del Mundo. Hubo incluso voces que pedían retirar a la ciudad la organización de los partidos, mientras en redes sociales circulaban campañas que magnificaban los problemas de seguridad y difundían imágenes fuera de contexto.
Guadalajara no solo cumplió: sorprendió. Durante varias semanas, miles de aficionados nacionales y extranjeros convivieron en un ambiente mayoritariamente pacífico, confirmando que el futbol posee una extraordinaria capacidad para reunir culturas, idiomas y generaciones alrededor de una misma pasión.
No es casualidad. Psicólogos sociales han estudiado durante décadas el fenómeno futbolístico como una de las expresiones contemporáneas que más se acercan a una experiencia colectiva de esperanza. No porque sustituya a la religión, sino porque responde a necesidades profundamente humanas: pertenecer a una comunidad, compartir símbolos, vivir rituales y creer que siempre existe una nueva oportunidad.
Diversas investigaciones muestran que los aficionados desarrollan una identidad emocional tan intensa con sus equipos que viven los triunfos y las derrotas como propios. En una sociedad cada vez más individualista, el estadio se convierte en un espacio donde miles de desconocidos cantan, se abrazan y sueñan como si formaran una sola familia.
Carl Gustav Jung afirmaba que el ser humano necesita símbolos que den sentido a la existencia; el futbol ha construido muchos de ellos, desde camisetas convertidas en estandartes hasta himnos que funcionan como auténticas liturgias.
Esa dimensión emocional pudo vivirse plenamente en Guadalajara. La prueba comenzó incluso antes del Mundial, con el encuentro eliminatorio entre Jamaica y Nueva Caledonia, celebrado el 26 de marzo en el Estadio Guadalajara, que permitió afinar protocolos de movilidad, seguridad y logística para recibir a miles de visitantes.
Durante los partidos, las imágenes hablaron por sí solas: plazas públicas llenas de familias, el Auditorio Benito Juárez y el Centro Cultural Universitario transmitiendo los encuentros en pantallas gigantes, restaurantes y hoteles con gran afluencia de visitantes. Especialmente llamativa fue la presencia de miles de aficionados colombianos que hicieron suyo el ambiente mundialista recorriendo Tlaquepaque, Zapopan, el Centro Histórico y la Glorieta Minerva con una alegría contagiosa.
El éxito organizativo deja también lecciones importantes. Aunque suele cuestionarse la inversión pública destinada a eventos organizados por entidades privadas como la FIFA.
La derrama económica favoreció a hoteles, restaurantes, comercios, transportistas y prestadores de servicios turísticos. Además, millones de personas observaron una Guadalajara moderna, hospitalaria y capaz de organizar un evento internacional de enorme complejidad, fortaleciendo su “marca ciudad” y su capacidad para atraer turismo, inversiones y futuros congresos. A ello se suman las obras de infraestructura y movilidad que permanecerán como legado.
Sin embargo, el mayor triunfo no aparece en las estadísticas económicas. Lo consiguió la propia sociedad jalisciense. Miles de ciudadanos entendieron que todos eran anfitriones de un evento observado por el mundo entero. Guadalajara demostró capacidad de organización, coordinación institucional y convivencia ciudadana.
Sería un error confundir el éxito del Mundial con la solución de los problemas que siguen lastimando a Jalisco. La crisis de personas desaparecidas continúa abierta y, mientras el balón rodaba en las canchas, los colectivos de madres buscadoras localizaron nuevos restos humanos en los Altos.
Tampoco desaparecieron las quejas por el agua potable con malos olores que afecta a numerosos hogares de la zona metropolitana, ni los desafíos en materia de seguridad, movilidad y servicios públicos. Esos problemas no harán una pausa ni esperarán al siguiente evento internacional para exigir respuestas.
La primera etapa mundialista deja mucho más que buenos partidos. Deja confianza, prestigio internacional y una renovada autoestima colectiva. Pero el verdadero reto comienza ahora: demostrar que la misma capacidad de coordinación, organización y voluntad que permitió mostrar al mundo el mejor rostro de Guadalajara puede ponerse al servicio de las causas que más duelen a los jaliscienses. Esa, quizá, sea la victoria más importante que aún está por conseguirse.
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