La salida de Marx Arriaga de la Dirección General de Materiales Educativos de la Secretaría de Educación Pública (SEP) no es un simple relevo administrativo. Es el reflejo de una disputa más profunda sobre el rumbo de la educación pública en México.
Bajo el modelo de la Nueva Escuela Mexicana, Arriaga fue uno de los principales arquitectos de los nuevos Libros de Texto Gratuitos impulsados desde la Secretaría de Educación Pública.
Para algunos de la izquierda, representó una transformación necesaria desde la perspectiva de un proyecto político: una educación más crítica, más social, más cercana a las realidades comunitarias. Para otros sectores, su gestión fue polémica, ideologizada y poco abierta al diálogo plural.
La educación en México nunca ha sido terreno neutral. Cada generación redefine lo que debe enseñarse y cómo debe enseñarse. Y cuando cambian los contenidos, cambian también las tensiones sociales. Hoy, más allá de nombres propios, el verdadero reto es recuperar la educación.
La controversia actual no es nueva. México ha vivido varias crisis educativas donde los libros de texto fueron el centro del conflicto.
La polémica de 1959-1960. Con la creación de la Conaliteg durante el gobierno de Adolfo López Mateos, los primeros libros gratuitos fueron acusados por padres de familia y educadores, de contener sesgos ideológicos. En esa época hubo protestas y resistencia.
Por otra parte, con la reforma educativa de 1993 en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, los cambios curriculares generaron tensión con los dirigentes de los sindicatos y con los académicos. Se debatía Modernización versus Tradición, con la perspectiva de ajustar la educación a la globalización.
La reforma educativa de 2013, impulsada por Enrique Peña Nieto, estuvo centrada en la evaluación docente. El conflicto fue más laboral que curricular, pero evidenció que la educación básica está altamente politizada como si fuera patrimonio de las bases magisteriales.
Por último, la Nueva Escuela Mexicana hizo emerger nuevas tensiones. En el gobierno de Andrés Manuel López Obrador el debate giró hacia contenidos, enfoque comunitario y una narrativa histórica diferente, que exalta el pasado de los pueblos originarios.
Sin duda que cada reforma educativa refleja el proyecto de nación del sexenio. Así la educación es el espejo del poder político y de las tensiones culturales. Pero hoy la diferencia es la velocidad mediática, la polarización digital y las tensiones que vienen aparejadas con la tecnología y la inteligencia artificial.
La educación no puede convertirse en un campo de batalla permanente. El debate debería ser sobre calidad, inclusión y futuro. Porque al final, los libros no forman partidos… forman ciudadanos.
El reto no es simplemente sustituir a un funcionario, sino fortalecer la credibilidad institucional. El perfil que hoy se requiere no es el del polemista ni el del ideólogo, sino el del educador capaz de escuchar, integrar y construir. Educar no es imponer una visión parcial del mundo. Educar es abrir horizontes de verdad. Y en esa tarea, el Estado, la escuela y la familia deben caminar juntos. Y surge la pregunta: ¿Cambiar a un funcionario… o cambiar la educación?
En educación, las decisiones no duran un sexenio… duran generaciones.
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