El periodismo sabe distinto cuando hay violencia.
No es un sabor. Es algo más denso. Más eléctrico. Una mezcla de café recalentado, ojos rojos y el sonido constante de los teclados que no descansan, incluso a la distancia, porque ni siquiera fue posible llegar a nuestras redacciones. El teléfono vibra más de lo normal. Los grupos de WhatsApp no se callan. Nadie dice “qué miedo”, pero se siente.
Este fin de semana la ciudad se encendió. Patrullas, sirenas, rumores, confirmaciones. Operativos que cambian la vida de un país entero. La captura y muerte de un hombre cuyo nombre llevaba años pronunciándose en voz baja –y no tan baja– nos atravesó como gremio antes incluso de entender lo que significaba.
Rumbo al cierre de la que, estoy segura, ha sido una de las ediciones más trascendentales en las que he participado, pensé menos en la magnitud histórica y más en los cuerpos.
En los nuestros.
En quienes llevaban más de 12 horas despiertos; salieron a cubrir sin seguro de vida; no tienen prestaciones ni terapia pagada ni posibilidad de decir “no puedo más”. En quienes, pocas horas después de cerrar, y sin poder dormir en una ciudad que guardó silencio a causa del terror, debieron volver a levantarse para empezar otra jornada que tuvo hora de inicio, pero no de término.
Nos dijeron que el periodismo agoniza. Lo escucho desde que era estudiante. Que el modelo está agotado. Que el negocio no da. Que los lectores no pagan. Que las plataformas arrasan. Y mientras tanto, ahí estamos: proyectos independientes haciendo milagros para sobrevivir, redacciones reducidas a la mitad, periodistas aceptando condiciones laborales que hace años habrían sido impensables.
Amamos lo que hacemos. Ese es el problema.
Nos enseñaron –a ciertas generaciones, al menos– que esto es vocación: si no estás dispuesto a entregar cuerpo y alma, entonces no sirves; el cierre es sagrado; la noticia no espera; el descanso es para débiles. Que el cumpleaños, la cena, la cita, el cine pueden posponerse porque está pasando algo.
Y siempre está pasando algo.
Pero la vocación no paga la renta. No cubre terapias. No garantiza vacaciones dignas. No blinda a quien cubre un enfrentamiento ni acompaña a quien llega a casa con imágenes que no se borran al cerrar la laptop.
Este fin de semana no solo se movieron fuerzas de seguridad. Se movió también el desgaste acumulado de un gremio que resiste con romanticismo y precariedad a partes iguales.
No deberíamos estar en la disyuntiva de elegir entre lo que nos llena y lo que nos permite vivir con dignidad.
El periodismo debería alcanzar.
Debería permitirnos tener vida social, descanso, esparcimiento, atención médica, estabilidad emocional. Debería permitirnos envejecer en él sin miedo a quedarnos fuera a los cuarenta y tantos porque ya no somos rentables. Debería reconocer que cubrir violencia no es solo narrar hechos, sino procesarlos.
Sin embargo, la discusión tiene décadas. Y sigue ahí, sin resolverse de fondo.
En jornadas como la de este fin de semana algo queda claro: el periodismo no agoniza por falta de vocación, pues lo sostiene gente que ama lo que hace; lo que agoniza es la estructura que debería a su vez sostener a esa gente.
La noticia fue histórica. Sí. Pero también lo es el cansancio.
Y el cansancio, cuando se vuelve sistema, deja de ser anecdótico. Se convierte en síntoma.
Tal vez es momento de preguntarnos no solo cuánto resistiremos como medios, sino cuánto resistiremos como personas. Porque informar no debería implicar inmolarse.
Amar una profesión no debería significar aceptar que vivir dignamente es un lujo.
Y decirlo no debería darnos culpa.
En voz alta.
jl/I









