loader

Encuentros

La invitación se lanzó como una botella en el mar, de esas que las fantasías nos hacen creer que tienen algún mapa del tesoro dentro y que alguien habrá de recibir algún día, solo que este no era el mar, sino una red social.

Un usuario hablaba de ir al Museo de las Artes, a las 10 de la mañana, a hacer comunidad y explorar. Después, un cafecito o unos chilaquiles.

Conté casi una veintena de personas que se apuntaron a ir. Yo, claro, entre ellas.

Pensaba en lo que, hacía menos de una semana, había platicado en un café con un amigo en una charla de esas medio existenciales, medio pesimistas, medio cínicas, pero también medio llenas de esperanza y de aprecio humano. ¡Qué difícil es hacer amistades cuando ya uno es adulto-adulto! Y más todavía cuando no hay estos espacios, fuera de las oficinas, para hacer amistades.

Y también pensaba en lo que he platicado con mi psicóloga sobre salir de mis lugares conocidos, enfrentarme un poco a la incomodidad, exponerme a conocer personas diferentes a mí, con otros intereses, edades, profesiones, identidades…

Todavía la noche previa me puse a pensar si de verdad quería ir; empecé a imaginarme que nadie llegaría. Bueno, si nadie llega pues entro yo sola y después me voy al cine, me repetía una y otra vez. Para colmo, ese día dormí fatal. Fueron solo tres horas y media de sueño. Pero aun así me levanté, me metí a bañar, me alisté y salí rumbo al Musa. Dos minutos antes de las 10 ya estaba yo en las escaleras, sentada, esperando. Poco después llegó el anfitrión/organizador. Fuimos por un café y regresamos a la entrada del museo, donde ya esperaba otra invitada. Los tres esperamos a que llegara un cuarto de los anotados. De esa veintena al final fuimos cuatro personas quienes acudimos a esa “cita a ciegas” colectiva.

Pero lo más extraño de todo fue que nadie parecía particularmente extraño. No hubo silencios catastróficos ni un asesino serial escondido detrás de los chilaquiles. Nadie intentó vendernos criptomonedas ni meternos a una secta.

Solo éramos cuatro personas caminando despacio por las salas del museo, comentando cuadros, haciendo chistes, preguntándonos a qué nos dedicábamos, qué música escuchábamos, de dónde éramos, cuántos años teníamos. Fuimos a la vez tres tapatíos y un cedemexicano; dos mujeres y dos hombres; dos treintañeros y dos cuarentañeras; tres trabajadores godínez y un frelancero…

Y mientras caminábamos pensé en algo rarísimo: quizá hemos romantizado demasiado la idea de la amistad instantánea. Tal vez las amistades adultas no empiezan con fuegos artificiales. Tal vez empiezan exactamente así: desconocidos haciendo tiempo frente a una pintura, compartiendo café, tanteándose con cuidado, viendo si hay algo en común suficientemente suave para volver a coincidir.

Porque a cierta edad ya no nos relacionamos desde la urgencia adolescente de “seremos mejores amigos para siempre”. Parece más bien que nos relacionamos desde el cansancio, las agendas saturadas, las heridas viejas, la desconfianza aprendida y también desde una conciencia brutal de lo difícil que es sostener la vida.

Quizás por eso me conmovió tanto que alguien todavía haga una invitación abierta en internet. Quizá por eso me conmovió tanto que alguien todavía responda “yo voy”.

Porque en tiempos donde todo parece diseñado para aislarnos –algoritmos, miedo, trabajo, tráfico, agotamiento– todavía hay personas intentando encontrarse un día por la mañana en un museo.

Y eso, aunque parezca pequeño, también dice algo sobre nosotros.

Siempre alguien responde.

X: @perlavelasco

jl/I

Te recomendamos

Artículos de interés

Localizan a mujer de Chiapas en La Barca
Fiscalía confirma quema de cuerpos
Va PAN por nulidad de elecciones por crimen
OCULTAR