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¿Eres feliz?

Hace unos días comía con un colega cuando me hizo una pregunta: “¿Eres feliz?”.

La respuesta tardó en llegar. No porque no la tuviera, sino porque no sabía cómo decirla sin que sonara exagerada o insuficiente. O sin que me delatara demasiado.

Soy infeliz, pensé. Pero también hay cosas que me hacen feliz. Comer algo que me gusta. Ver crecer a mis sobrinos. Escuchar música. El cine. Leer. Abrazar a la gente que quiero. Pequeñas cosas. Momentos breves pero valiosos. Lo suficiente para anclarme en este mundo.

Lo dije más o menos así. Y mientras hablaba, algo en esa respuesta empezó a incomodarme.

Porque el dolor tiene un lugar claro. Justo él y yo ya habíamos hablado antes sobre ello. Sabemos cómo nombrarlo, cómo explicarlo, cómo compartirlo. Tiene rituales, tiempos, permisos. Se le da espacio. Se le cree. Incluso se le acompaña.

La felicidad, en cambio, parece ocurrir en voz baja. Como si hubiera que moderarla. Como si fuera imprudente sostenerla demasiado tiempo. Como si siempre hubiera que anticipar su final.

Aprendimos a decir “estoy cansada”, “estoy triste”, “esto duele”.

Pero decir “estoy (o soy) feliz” suena, a veces, casi sospechoso. Excesivo. Ingenuo. Vacío. Hasta irresponsable.

Hay algo profundamente social en esa desconfianza.

En países atravesados por la violencia, la desigualdad, la precariedad cotidiana, la felicidad parece un lujo que hay que justificar. Como si no fuera del todo legítimo sentirse bien cuando todo alrededor insiste en lo contrario. Como si la alegría necesitara permiso.

Y entonces una aprende a reducirla. A traducirla en diminutivos. A esconderla en frases como la que di ese día: “Me hacen feliz cosas pequeñas”.

Pareciera que hay que pedir disculpas por estar bien, aunque sea a ratos. Pero también hay otra capa, más íntima, más silenciosa.

Porque incluso en lo privado cuesta sostener la felicidad sin reservas. Sin preguntarse cuánto va a durar. Sin mirar de reojo la posibilidad de que algo la rompa.

La felicidad, cuando aparece, no siempre se siente como certeza. A veces se siente como descanso.

Pienso en esos momentos mínimos: una canción que suena justo cuando tenía que sonar, que no esperabas y que de pronto lo dice todo. Una comida compartida sin prisa, donde nadie mira el reloj. Una risa que se escapa sin cálculo, de esas que llegan de sorpresa y se quedan un rato. Un abrazo con ganas genuinas, de los que no se dan por compromiso. Una llamada o un mensaje de alguien a quien quieres y de quien hace rato no sabías. El primer bocado de una comida que te encanta. La última página de un libro que te atrapó.

Quizá la felicidad no es un estado, sino una suma. Una acumulación de instantes que por sí solos parecen insuficientes, pero que juntos sostienen algo más grande. Una red de momentos pequeños que, sin ser heroicos, hacen que valga la pena seguir, pero ese día, frente a la pregunta, no supe decirlo así. Dije que soy infeliz.

Hoy lo escribo distinto. No porque tenga una respuesta más clara –nunca las tengo, de eso se trata esto– sino porque empiezo a pensar que la felicidad no es algo que se tiene o no se tiene. Es algo que a veces aparece. Y cuando lo hace, lo único que hay que hacer es no apartar la mirada, porque sabes que ahí hay algo.

No es permanente. No es total. No resuelve la vida. No quita lo que duele ni responde las preguntas difíciles. Pero alcanza para quedarse un poco más. Para volver al día siguiente.

Para no irse.

X: @perlavelasco

jl/I

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