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La república tecnológica

Occidente está perdiendo la carrera tecnológica frente a potencias autoritarias, concluyen Alexander C. Karp y Nicholas W. Zamiska en su libro, ‘La República Tecnológica: Poder duro, creencias blandas y el futuro de Occidente’ (2025). Es una advertencia que, en apariencia, suena razonable: mientras China y otros actores invierten en inteligencia artificial con fines estratégicos, Silicon Valley se ha extraviado en la banalidad del consumo digital.

Hasta ahí, el argumento convence. El problema comienza cuando la solución se presenta como inevitable: una nueva alianza entre las grandes tecnológicas y el Estado, particularmente en materia de defensa. Es decir, una reconfiguración del poder donde la tecnología deja de ser un instrumento de emancipación para convertirse en un dispositivo de control geopolítico.

El libro no lo dice así, pero lo sugiere con claridad: el futuro de la democracia depende de su capacidad para militarizar la innovación. La paradoja es brutal. En nombre de la defensa de las libertades, se propone consolidar un modelo donde los sistemas de vigilancia, análisis de datos y predicción algorítmica -muchos de ellos desarrollados por empresas como Palantir- se integren de forma orgánica al aparato estatal. La promesa es seguridad; el costo, potencialmente, es la erosión silenciosa de la autonomía ciudadana. No es simple debate tecnológico; es una mutación del contrato político.

Durante décadas, el discurso dominante en occidente sostuvo que la tecnología era un vector de apertura: más información, más conectividad, más libertad. Hoy, esa promesa se invierte. La tecnología ya no se concibe como espacio de expansión democrática, sino como infraestructura de poder. Y el ciudadano, en ese nuevo esquema, deja de ser sujeto deliberativo para convertirse en dato procesable.

La tesis de Karp y Zamiska tiene un subtexto inquietante: la democracia liberal, por sí sola, ya no basta. Necesita endurecerse, disciplinarse, adoptar la lógica de la competencia existencial. En otras palabras, necesita parecerse un poco más a aquello que dice combatir. Ese es el verdadero giro del libro: no se trata de defender el modelo occidental, sino de transformarlo en algo distinto bajo la presión de la rivalidad tecnológica.

En el contexto mexicano, esta discusión no es lejana. La creciente dependencia de sistemas de vigilancia, la opacidad en el uso de datos y la tentación de justificar todo en nombre de la seguridad -sea contra el crimen organizado o bajo nuevas arquitecturas hemisféricas de defensa- apuntan en la misma dirección. La tecnología, lejos de democratizar el poder, corre el riesgo de concentrarlo aún más.

Y aquí es donde el discurso de la “república tecnológica” revela su dimensión más problemática: normaliza la idea de que el futuro se decidirá no en el espacio público, sino en la intersección entre algoritmos, corporaciones y aparatos de seguridad. El ciudadano queda fuera de esa ecuación.

Lo que el libro presenta como una estrategia de supervivencia puede ser, en realidad, el inicio de una renuncia: la renuncia a la política como espacio de deliberación y a la libertad como práctica cotidiana. Porque cuando el poder se vuelve tecnológico, la tentación autoritaria deja de ser una anomalía y se convierte en una función del sistema.

Exabrupto: A propósito, me encontré este video en torno a Karp y Balantir: https://goo.su/v2hI987

 

X: @Ismaelortizbarb

jl/I

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