Podría empezar esta historia diciendo que en ese pueblo, el pueblo de mis abuelos, el frío cala en los huesos, pero mejor comenzaré por el final, diciendo que ahora lo que cala es el dolor y la ausencia.
De niña, visitar las tierras donde nacieron los papás de mi mamá siempre fue un suplicio. Los días transcurrían eternos, secos, helados. Amanecían con los trotes de los caballos y las mulas sobre el empedrado, con la leche bronca que se vendía de puerta en puerta, con el “buenos días le dé Dios”. Y morían con las campanadas de las ocho de la noche, con las gentes en los zaguanes, sentadas en corro, con café caliente y pan dulce, como si en ese sitio el tiempo no avanzara, sino que se pudriera despacio.
En esa casa a la que llegábamos solo había un teléfono de disco, asegurado con candado, y un radio de antena y botones giratorios. Nada de televisión, nada de libros, nada de juguetes para niños.
Era una casa adulta.
Una casa antigua incluso cuando todavía era nueva. De ladrillos rojos y puerta metálica gris. De patio central lleno de plantas y sombras. Olía a encierro, a madera húmeda, a tuberías que despertaban gruñendo después de meses cerradas, a ropa guardada demasiado tiempo, a un viento pesado que se colaba por las rendijas haciendo sonar las puertas como si alguien quisiera entrar a medianoche.
Si íbamos en enero, durante las fiestas de San Sebastián, el pueblo fingía estar vivo. Llegaban migrantes desde Guadalajara, Zacatecas, Aguascalientes o distintas ciudades de Estados Unidos para visitar al Güerito, el santo patrono, y las calles se llenaban de puestos, cohetes y música que rebotaba contra los cerros de la Sierra Madre Occidental. Pero al terminar las fiestas, el silencio volvía a caer sobre las banquetas como una sábana húmeda.
Si íbamos en verano, el aburrimiento era todavía más espeso. Citlalli y yo caminábamos hasta la presa, comprábamos nieves raspadas y regresábamos a bañarnos a jicarazos en la pila del patio, mientras el agua fría nos hacía sentir vivas en aquella casa donde todo parecía dormido. Yo entonces me preguntaba cómo era posible que en enero el agua entumiera las manos y en julio saliera fresca y luminosa, como si la escupiera el río.
Ahora pienso que quizá el pueblo respiraba.
O que estaba encantado.
Recuerdo, como en sueños, que en ese pueblo alguna vez mi abuela me dijo que no había que silbar de noche porque una cosa podía contestarte desde lejos. También decía que los muertos siempre avisan cuando van a venir, aunque uno no entienda las señales hasta después. Incluso a veces cuando ya somos parte de ellos.
Nosotras le creíamos todo porque tenía ojos de persona que había visto demasiadas cosas.
Decía que no eran cuentos. Se ofendía si alguien insinuaba eso. “Todo pasó de verdad”, nos repetía a Citlalli y a mí cuando le pedíamos que nos contara otra vez lo de las piedras que rodaban sobre el techo toda la madrugada, aunque no hubiera viento; lo del burro embravecido que dejó marcadas las pezuñas en las puertas; los trastes acomodados en fila durante la noche; los duendes que escondían dinero y joyas; las voces cerca de los ríos que llamaban a la gente por su nombre para perderla entre los cerros.
Entonces el miedo era delicioso.
Ahora pienso diferente.
Porque crecí y entendí que las verdaderas casas embrujadas no son aquellas donde crujen los techos ni donde aparecen duendes. Son donde vivían las personas que uno amaba.
Y ahora ya no.
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