loader

No hacer nada

Hace poco más de un mes estaba en la Cineteca de la UdeG esperando a que empezara la función de ‘Cumbres borrascosas’.

La sala se oscureció. La pantalla en negro. El murmullo previo. El instante justo cuando una historia comienza y todo lo demás, por un rato, deja de importar.

La película ya estaba siendo proyectada y, aun así, alrededor, las pantallas encendidas. Personas revisando el celular, deslizando, respondiendo, mirando algo que parecía urgente. Como si soltarlo implicara perderse algo. Como si dos horas de atención fueran demasiado.

Pensé en eso.

En lo difícil que se ha vuelto sostener la atención sin interrupciones. Incluso en un espacio diseñado para ello, como un cine: ahí, donde se supone que una viene a mirar, a escuchar, a quedarse, a sentir.

Pero el asunto es que no es solo el cine. Es (casi) todo.

Nos enseñaron, o aprendimos sin darnos cuenta, que detenerse es sospechoso. Que no hacer nada es perder el tiempo. Que siempre hay algo más que podría estarse haciendo: responder un mensaje, adelantar trabajo, revisar pendientes, producir, avanzar. Como si el valor de un día se midiera por lo que se logra al final.

Pero el ocio no es eso. No es flojera, no es abandono ni desinterés.

El ocio es un espacio que no está atravesado por la urgencia.

Es escuchar un disco completo sin interrumpirlo para atender algo más. Es ver una película y quedarse dentro de ella sin mirar hacia otro lado. Es caminar por una calle arbolada y alzar la vista, seguir con los ojos la luz que se filtra entre las hojas.

El ocio es, en el fondo, una forma de atención. Y en ese sentido también es una forma de resistencia.

Porque en un mundo que exige movimiento constante, detenerse empieza a ser un gesto incómodo. Casi un pequeño acto de desobediencia. ¿Por qué no estás haciendo nada? ¿Lo único que has hecho hoy es quedarte en casa a leer? ¿Cómo que dedicaste tu tarde entera a ver tu serie favorita?

No hacer nada útil (esa utilidad que se puede medir y capitalizar) rompe con una lógica que nos quiere siempre disponibles, siempre activos, siempre produciendo, moviéndonos.

El problema es que esa lógica no se queda afuera. Se nos mete.

Y entonces incluso cuando tenemos tiempo libre aparece la culpa. Esa sensación persistente de que deberíamos estar haciendo algo más, algo mejor, algo que sí importe.

Como si el descanso necesitara justificarse o el tiempo propio, único e irrepetible, tuviera que rendir cuentas.

Pienso en lo que ocurre cuando eso se suspende, aunque sea por un rato.

Se trata de abrir la posibilidad de habitar una historia sin interrupciones, una conversación sin prisas, el silencio que no incomoda, la capacidad de estar en un lugar sin estar en todos al mismo tiempo, pero porque así lo quiero y así lo necesito.

Pero también lleva a algo que pareciera más simple: el placer. En lo profundamente extraño que se ha vuelto disfrutar sin propósito, sin convertir cada experiencia en algo productivo o útil.

Permitirse esos momentos (esos ocios, esos placeres) también es una forma de cuidado.

Y quizá por eso nos cuesta. Porque el ocio no solo detiene el ritmo: lo cuestiona. Nos enfrenta con una pregunta que no siempre sabemos responder: qué queda cuando dejamos de hacer. Qué voces escuchamos en nuestras cabezas cuando bajamos el volumen de lo que nos rodea.

Tal vez por eso vale la pena insistir y defender esos espacios mínimos donde el tiempo no está fragmentado, la atención no se dispersa y la vida no se mide en rendimiento.

Poder volver después al mundo con algo más que cansancio.

No para escapar de él.

Para no romperse.

X: @perlavelasco

jl/I