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De por qué es invencible el Verano de Liliana 

Creo que los rumores de que la autora mexicana Cristina Rivera Garza estaba en la lista de autores prospectos para el Nobel despertaron un desprecio inusitado. Cada semana, desde que la noticia comenzó a correr de manera informal, he leído a quienes en redes sociales despiertan admitiendo, con voz bajita -la de quienes no pueden sino identificarse como lectores diferentes que no se dejan guiar por modas-, que la literatura de la galardonada autora no es para tanto.

Esta semana un comentario destacó. Decía en específico que ‘El invencible verano de Liliana’, uno de los más recientes y célebres libros de Rivera Garza, era solo provocador de un ‘hype’ (tradúzcase como expectativa, entusiasmo pasajero e incomprensible). Que no se trataba de una escritura, según la autora del comentario, experimental ni autobiográfica.

El comentario venía seguido de una contradicción que me ha puesto a reflexionar de veras.

“Soy incapaz de ver más allá de la denuncia y el dolor del recuerdo pugnando por dignificar la memoria, una propuesta potente. Valoro la disputa por quién tiene derecho a contar la vida de una mujer y bajo qué condiciones, pero no hay una complejidad literaria excepcional”, cito.

El problema de esta visión radica, para mí, en la idea de que la experimentación -lo que sea que eso signifique- y aun el reto profesional, digamos, que debe pugnar por la “complejidad literaria” que esperan personas que encuentran en el canon de los antiguos valor todavía, como si se tratara de una carrera para valorar a un buen caballo, pero uno bueno de veras, nubla por completo la potencia enunciadora, innovadora e incluso esperanzadora de un libro como este.

Dejemos de lado que Cristina Rivera Garza ha sido profundamente celebrada, leída y escuchada de manera internacional. Veamos que ‘El invencible verano de Liliana’ es una crónica de lo que han vivido miles de familias en nuestro país desde hace décadas.

Veamos que, por encima de todo, ‘El invencible verano de Liliana’ es un libro que nació como consecuencia de una realidad social que se había escrito hasta ahora de manera dramática y accesoria para hablar del "México profundo" de manera cruda, para asustar y concientizar al lector a través de moralejas sin nombres; y si hay para quienes la posibilidad de que un libro que enuncie el clamor popular de las familias víctimas a través de la primera persona sea “menor” en términos literarios, quizá haya que preguntarnos si la vara con la que hemos calificado la literatura hasta ahora siga siendo necesaria.

Hay quienes creen que no, que el espacio para reconocer todo eso que provoca en las lectoras este libro no puede ser la literatura, porque ese sea un lugar para comprobarse como poseedor de "valor literario" (según qué), no para explorar de manera directa y contundente una experiencia humana tan compleja. No cabe, para esta gente, en el rígido ‘corset’ del "valor literario" la capacidad colectiva de conmoverse y de entenderse a través de un relato que es muchos relatos; para ellas no es posible que la lectura sea un artefacto que busque otra cosa que ganarse en una competencia de estándares campeones que revolucionan, ¿qué? No conciben que sea valioso un libro que pueda tocarnos y entendernos a propósito de una herida común.

Quiero creer luego que esta es solo una postura academicista y que en realidad no nos disminuye a las lectoras que encontramos en el libro algo verídico y terrible.

Pero los libros, pienso, no sirven solo para alcanzar las rúbricas de valoración propias de los cánones literarios más anquilosados; los libros también sirven para la denuncia, para acompañar una realidad que ha sido históricamente silenciada y políticamente utilizada en lenguajes estrictamente judiciales y revictimizantes; libros que proponen una forma de pensar el duelo y el dolor, y hacen de ellos un acto de arrebato, de desapropiación.

Creo que hay que preguntarnos qué queremos de los libros, qué queremos o a quiénes queremos encontrar en ellos para juzgarlos suficientemente buenos.

Las comunidades con las que ha caminado Cristina Rivera Garza a partir de ‘El invencible verano de Liliana’, con las que ha gritado y exigido justicia, con las que ha compartido historias y búsquedas, ¿no son suficiente prueba? ¿Queremos que apruebe el valor de este libro un académico, un jurado literario, un doctor en literatura?

‘El invencible verano de Liliana’ es una propuesta esperanzadora, revolucionaria e innovadora para imaginarnos la justicia de frente a las hermanas que nos arrebata la violencia feminicida en México.

¿A qué más debe o puede aspirar la literatura de nuestro tiempo?

 

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jl/I

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