El puesto se lo ofrecieron primero a Toño. Fue un jueves. El subdirector olía a loción cara y a desayuno de hotel. Le habló de liderazgo durante diez minutos. Toño preguntó cuánto pagaban. El otro dijo la cifra. Toño preguntó cuál era el horario de salida. El otro se rio. Toño dijo que no le interesaba.
Tampoco quisieron los otros tres. Son cinco en la Coordinación de Mejora Continua de Procesos Transversales y ninguno sabría explicarle a su madre qué hacen ahí. A Maricela la entrevistaron al último porque era la de más años en el piso. Aceptó antes de que el tipo terminara la frase.
Salió de esa oficina con los ojos mojados y abrazó a sus compañeros uno por uno. Al día siguiente llevó un pastel de tres leches de Marisa. Nadie le contó lo de las entrevistas. Toño se comió dos rebanadas.
Ahora es la jefa. Llega a las siete. Toño llega crudo a las nueve y ella ya lleva dos horas peleándose con una hoja de cálculo que ella misma descompuso. Pierde archivos, firma lo que no debe, manda el mismo correo dos veces y luego se queda hasta medianoche arreglando el desastre. Lo hace a propósito sin enterarse. Mientras haya pendientes, tiene una razón para no volver a su casa.
Allá la espera un hijo de 25 años que crio sola, a puro desvelo. El muchacho ya no la necesita y casi nunca está. Maricela se llevó el desvelo a la oficina.
Lo jodido es que es buena gente. Cuando alguno de los cuatro no acaba algo a las seis, se asoma al cubículo y dice “si quieres, yo me quedo”. Lo mismo le decía al niño en las noches de fiebre. El otro, que tampoco es santo, agarra la chamarra y se larga. Al día siguiente el trabajo está hecho y ella tiene ojeras y cara de mártir contenta. Le gusta. Le gusta de verdad.
Toda su vida cabe en ese piso. Si la dejan fuera de una junta, se encierra en el baño y castiga a todos con silencio hasta el lunes. Lleva dos años enamorada de un gerente de finanzas que una vez le detuvo el elevador. El gerente está casado, juega pádel y no sabe cómo se llama ella. Maricela le manda informes que él nunca pidió.
Una noche el velador la encontró en el estacionamiento, sentada en su coche con el motor apagado. Tenía las manos en el volante y miraba la pared de concreto. El hombre tocó el vidrio. Ella le dijo que estaba pensando en el reporte del viernes. No era mentira.
La empresa sabe muy bien lo que tiene. Le paga ocho horas, recibe dieciséis y todavía es ella la que da las gracias. Le pusieron un nombre largo en la puerta y con eso quedaron a mano.
Ella lo sabe. Sabe que la usan y le da igual. En ese piso alguien le pide cosas. A una mujer que aprendió desde chica que vale lo que se sacrifica, eso le alcanza. No lo va a soltar por algo tan trivial como dormir.
Mande usted, contesta cuando suena el teléfono, antes de saber quién llama. Lo dice de pie y de buenas, aunque del otro lado sea el de sistemas.
A las seis Toño se toma una cerveza en la tienda de la esquina. Desde ahí ve la ventana de Mejora Continua, todavía prendida. Toño también es un domesticado, nomás que con horario de salida. Maricela no tiene ni tendrá un horario de salida.
jl/I









