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El redactor

Efrén tiene 44 años, tres hijos, una hipoteca en Zapopan y una ortografía que ningún gobierno se ha merecido. De sus 11 años de reportero le quedaron una gastritis, la costumbre de leer el periódico de pie y una convicción adquirida un 15 de diciembre, frente a un aguinaldo de mil 800 pesos, de que investigar la verdad para informar era un lujo que no podía darse.

Un día lo llamaron de Comunicación Social. Dijo que lo iba a pensar y lo pensó hasta la tarde. Su primer jefe le explicó el oficio sin levantar la vista del celular. “Tú estás aquí para que el licenciado conteste lo que le pregunten sin quedar mal. Si hay que mentir, se miente, pero bien escrito”. Efrén lo anotó en una libreta y nunca tuvo que releerlo. Subió rápido de cargo. Aquí le diremos redactor, que es lo único que de verdad hace. Escribe lo que tiene que decir el Mandamás en público y, a veces, lo que piensa, cuando no ha tenido tiempo de pensarlo.

Efrén no le hace mal a nadie, o eso cree. Todavía se pone triste cuando cierra un periódico. Lo que pasa es que hizo cuentas. El periodismo, que alguna vez lo hizo feliz, se está muriendo de hambre. Efrén no tiene vocación de acompañarlo en la agonía. Con lo que gana ahora la familia pasa 15 días al año en Cancún. Los niños creen que su papá hace algo muy importante. En cierto sentido tienen razón. Ningún Mandamás hace daño solo. Necesita quien lo ponga en buen español y Efrén es de los mejores. Él nada más cumple con su trabajo, que es la frase con la que en este país se han lavado las manos generaciones enteras.

La semana pasada unos estudiantes corrieron al Mandamás de su propia universidad y Efrén explicó en redes que “un grupo de estudiantes se acercó a exigir información”. Le pareció una frase elegante. El sábado escribió que la gente tenía “todo el derecho de expresarse”. El domingo hubo gas. El lunes en la noche sonó el teléfono.

“Mande usted”, contestó.

Le dictaron 400 encapuchados, tubos, martillos y petardos con clavos. Efrén los acomodó en una sola oración, con las comas en su lugar. A la mañana siguiente no le creía nadie, ni siquiera él, pero nadie se lo había preguntado. Tampoco se le ocurrió que el lunes desmentía al sábado. Su única pregunta era si la frase sonaba.

El martes volvió a sonar el teléfono. “Mande usted”. Efrén escribió “antes que gobernador soy persona”, la leyó tres veces y sintió el viejo orgullo de la buena frase. En la comida su hija le preguntó qué quería decir. Lo de “me toca dar la cara” lo grabaron en video, que es la manera moderna de darla. Cada texto dejaba al Mandamás peor parado que el anterior. Él cumplió. El jefe pudo contestar. Que lo contestado fuera mentira es asunto de otro departamento.

Efrén sabe que esto no dura. El Mandamás se irá y él caerá en ese purgatorio de los ex funcionarios. Por eso ahorra. Luego llegará otro Mandamás que necesitará quien le acomode las comas. Efrén estará listo. Tiene buena memoria para los números de teléfono y ninguna para lo que escribió.

Algún día, cuando dé clases de redacción en alguna universidad privada, Efrén pondrá de ejemplo el comunicado del martes. Les presumirá que en toda su carrera nunca tuvo que publicar una fe de erratas. Será verdad. Para las mentiras no se ha inventado la fe de erratas. Los muchachos, que ya llegan medio domesticados, seguro tomarán nota y aprenderán.

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jl/I

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