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2026

Ya sé que se acostumbra lo contrario, pero me es complicado escribir la primera columna del año de manera festiva. Lo que pasa es que apenas van nueve días del año y las malas nuevas se agolparon y se sumaron a las muchas otras que venimos arrastrando de años atrás. Pareciera que el 2026 será más complicado que el 2025.

El día 2 de enero muchos nos asustamos al escuchar en nuestros teléfonos celulares el sonido de la alarma antisismos. La naturaleza, con un fuerte temblor, nos reitera que se sigue sintiendo atacada y que podría responder duro. Hace años que nos lo dice, pero seguimos sin hacer caso.

Y el día tres Trump reinició en América Latina la guerra de reconquista. Lo venía anunciando y ahora Venezuela está intervenida militarmente y Trump manda. Desde el año pasado sufrimos con la guerra que Israel, con el apoyo de Trump, montó contra Palestina. Y ahora cualquiera “argumento”, por más ridículo que sea, les es suficiente para invadir, destruir y apropiarse de las riquezas de otros países. En el caso venezolano, sobre todo, sus reservas petroleras, las mayores del mundo. A contrapelo, cuando en el mundo, las sociedades con preocupación ambiental claman por abandonar el uso de energía fósil, Trump y las petroleras que apoyaron su campaña se frotan las manos.

Y después del día tres cada mañana nos enteramos de una nueva orden que, de manera personal, Trump, como dictador ordena lo que debe hacerse ahora también en Venezuela. Para un buen entendedor queda claro que sus mensajes van dirigidos a toda América Latina. ¡Cuidado, México! Reproduciendo el pensamiento de Trump, sus asesores han dicho claramente que este mundo es gobernado por la fuerza, por el poder y por las leyes de hierro. Y la fuerza, el poder son ellos y las leyes las dictan ello. ¿Y el derecho internacional, los derechos humanos, la democracia?

Y mientras tanto, en nuestro territorio, las desapariciones no cesan igual que la guerra de balas y el desplazamiento que hace el crimen organizado de pequeñas poblaciones rurales. Se mantiene la guerra de exterminio por contaminación y abandono que se vive en pueblos y ciudades. Súmele a eso los incrementos de inicio de año, como la tarifa al transporte urbano. El desarrollismo extractivista no se detiene y las medidas compensatorias resultan insuficientes pero funcionales para el gobierno.

¿Entonces no hay lugar para el optimismo? Por supuesto. Dentro de las sombras existen pequeñas luces, como luciérnagas diminutas, que no siempre distinguimos. Para verlas hay que abandonar las lógicas del poder, de la fuerza y la destrucción.

Por ejemplo, la capacidad de resistencia que tienen los pueblos originarios y varios colectivos urbanos. Con todo en contra, no abandonan sus territorios y algunos optan por la autodefensa ante la negligencia del gobierno. La otra, el encuentro o semillero que a fines del año realizó en EZLN en Oventic, bajo el nombre “De pirámides, de historias, de amores y, claro, desamores” en el que, sin saber aún de lo Venezuela, se plantearon varias ideas justo para resistir y hacer frente a esta nueva etapa de la guerra.

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jl/I