Hoy inicia el Mundial de Futbol 2026. Por primera vez en la historia, tres países –México, Estados Unidos y Canadá– comparten la organización del evento deportivo quizá más importante del planeta. Y aunque la FIFA promueva este torneo como una celebración de la diversidad y la unión entre los pueblos, ese discurso está lejos de la realidad. Basta con mirar lo que ocurre fuera de las canchas para corroborarlo.
Más que un Mundial sin fronteras, estamos frente a un torneo atravesado por la geopolítica, los controles migratorios, los intereses económicos y disputas de poder que marcan nuestro tiempo.
Algunos botones de muestra son el árbitro somalí Omar Artan, a quien le negaron el ingreso a los Estados Unidos pese a tener acreditación como juez seleccionado por la FIFA, o la selección de Irán, que tuvo que establecerse en Tijuana, México, pese a que sus partidos se jugarán en estadios del vecino país del norte. Los jugadores y el cuerpo técnico podrán cruzar la frontera norte para disputar sus encuentros, pero no podrán permanecer en aquel país mientras se desarrolla el Mundial.
Más allá de las explicaciones diplomáticas o de seguridad nacional, el mensaje es claro: el Mundial y la movilidad humana dependen de decisiones políticas y económicas.
Organizaciones civiles y defensoras de los derechos de las personas migrantes en los Estados Unidos mantienen su preocupación por la posibilidad de que agentes migratorios sean desplegados en las inmediaciones de estadios, zonas de aficionados y espacios públicos donde se realizarán los festejos. Miles de familias latinas con estatus migratorio mixto podrían no asistir a estas actividades por miedo a revisiones, detenciones o actos de intimidación.
En Canadá, pese a que el gobierno ha impulsado mecanismos especiales para facilitar el ingreso de delegaciones, visitantes y trabajadores, al mismo tiempo ha endurecido algunas de sus políticas migratorias.
De este lado del río Bravo, las fronteras visibles son económicas, políticas y sociales. Los boletos para asistir a los partidos resultan inalcanzables para la población. Las zonas VIP, los paquetes de hospitalidad y la creciente mercantilización del torneo han convertido buena parte de la experiencia en un producto reservado para las élites que no necesariamente conocen de este deporte. Los grupos de disidencia del magisterio, las madres buscadoras que legítimamente reclaman atención y justicia, así como los comerciantes y prestadores de servicios y hasta los dueños o concesionarios de palcos en los estadios han sido excluidos.
A esto, se suman desafíos que no suelen aparecer en los promocionales oficiales: la inseguridad, los riesgos de trata de personas y la explotación sexual de mujeres, niñas y niños. Por todo esto, conviene mirar más allá de la propaganda y el espectáculo. Es verdad que el Mundial es una gran fiesta deportiva, pero también es un espejo de las contradicciones de Norteamérica: una región que promueve la integración económica mientras endurece controles migratorios y habla de inclusión según la conveniencia geopolítica del grupo dominante.
X: @claudiaacn
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