Bad Bunny en el medio tiempo del Super Bowl, en el Levi’s Stadium en Santa Clara, California, no fue solo el momento musical: fue mensaje y respuesta franca, directa, frente al endurecimiento de las políticas migratorias; las redadas del Servicio de Migración y Control de Aduanas (ICE) y el abuso desproporcional de la fuerza de estos agentes en los Estados Unidos de Norteamérica.
Benito Antonio Martínez Ocasio habló con música, con símbolos y con presencia. Cantó en español sin traducirse; mostró referentes culturales latinos sin pedir permiso y eso, en el actual contexto de persecución y odio hacia la latinidad en la nación del Tío Sam, lo dice todo, porque durante décadas o siglos, tal vez, la población hispana migrante en Estados Unidos de Norteamérica ha sido señalada como problema, como amenaza o como carga.
El espectáculo del reconocido Conejo Malo, en apenas 12 minutos, hizo patente la riqueza de la presencia migrante; la cultura de familias que trabajan, que estudian, emprenden y sostienen buena parte de la economía estadounidense, de México, Latinoamérica y El Caribe.
Y que el evento deportivo más importante en ese país tuviera como protagonista al artista puertorriqueño más internacional del momento es un claro reconocimiento de una realidad que algunos sectores políticos insisten en negar: Estados Unidos es profundamente latino.
Benito Antonio mostró la contribución de las y los migrantes, quienes construyen ciudades, cultivan campos; cuidan familias; enseñan en escuelas; atienden en hospitales; producen cultura y también llenan estadios.
La participación de Bad Bunny en el Super Bowl puede interpretarse como un recordatorio de que la identidad no se esconde para ser aceptada. No se traduce para ser legítima y tampoco se reduce para ser tolerada.
Ciertamente hubo quienes criticaron la actuación del boricua por cantar en español, como si el idioma fuera una provocación a la identidad y cultura de aquella nación, como si esa lengua que está presente y viva en aquella tierra, no se usara mucho antes de que existiera Estados Unidos.
Lo que parece incomodar a quienes denuestan el espectáculo del boricua no es la música, es la visibilidad y la oportunidad de responder a los discursos de odio con un llamado a la unidad, a la fuerza, a la celebración de una América grande y diversa.
Ciertamente, este acto por sí mismo no cambia las leyes; tampoco modifica las políticas migratorias en esa o cualquier otra nación. Pero, los cambios sociales pueden apreciarse desde el espacio simbólico. Comienzan cuando millones de niñas y niños se ven reflejados en un escenario donde antes no se veían y esto fue lo que millones de espectadores vimos: cultura migrante ocupando el centro, no la periferia.
En tiempos de discursos que excluyen, cantar en español frente a la audiencia más grande del vecino país del norte fue simplemente un acto de dignidad. Y la dignidad cuando se hace visible, incomoda porque evidencia privilegios sostenidos por el silencio. Cantemos y celebremos.
X: @claudiaacn
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