Con el terremoto todavía latiendo en la voz de quienes dejaron su país hace poco más de una década, en un centro de acopio improvisado en Zapopan, que parecía menos una bodega y más una extensión de Venezuela, Oriana Olaizola, Estefanía Valentina Hernández Núñez y Hassan respondían a mis preguntas mientras daban instrucciones a decenas de voluntarios para clasificar medicamentos, organizar alimentos, mover cajas y diversos enseres. En ese ir y venir de personas encontré una lección que merece ser contada: cuando el Estado falla, la diáspora se convierte en una red de protección.
Apenas pasado el terremoto que sacudió Venezuela, Oriana abrió un grupo de WhatsApp en el que registró apenas cuatro personas, pero al paso de las horas ese mismo grupo sumó a cerca de 200 integrantes y movilizó a cientos de voluntarios para preparar entre 10 y 15 toneladas de ayuda humanitaria. No hubo una estructura formal detrás, sino la capacidad de organización que nace de la urgencia y de la confianza entre quienes comparten una historia de migración.
México se ha convertido en un importante destino para la migración venezolana. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, y el Consejo Nacional de Población, alrededor de 100 mil personas venezolanas residen actualmente en nuestro país; la mayoría corresponde a una población en edades productivas, con una presencia equilibrada entre mujeres y hombres y altos niveles de escolaridad. Esta diáspora está incorporada principalmente a los sectores de servicios, educación, comercio y profesiones especializadas. Jalisco figura entre las entidades con mayor población nacida en el extranjero, incluida la venezolana.
Esta comunidad apenas es visible porque permanece integrada en escuelas, hospitales, empresas, universidades y pequeños negocios, pero el terremoto cambió eso. Esta diáspora, lejos de limitarse a pedir ayuda, decidió organizarla.
Durante las entrevistas me impresionó su eficacia logística y la determinación de hacer llegar esta ayuda por medio de civiles como ellas y ellos. Hassan fue claro al explicar que buscan rutas alternativas porque temen que la ayuda no llegue a quienes realmente la necesitan o termine utilizada como propaganda política. Oriana relató la percepción de ausencia de respuesta oficial y la necesidad de coordinar apoyos directamente con contactos de protección civil dentro de su país.
Esto también explica otra decisión significativa: no concentrarse únicamente en la ayuda material. La psicóloga Estefanía Hernández me recordó que una catástrofe no termina cuando dejan de aparecer noticias o imágenes en los noticiarios. El estrés postraumático, el síndrome del sobreviviente y el duelo a distancia también atraviesan a quienes migraron.
Por eso ella, junto a otros profesionales, está ofreciendo atención psicológica y psiquiátrica gratuita para venezolanos dentro y fuera de Venezuela desde el despacho Sin Toc, aprovechando la conectividad de quienes pueden acceder a una consulta virtual y buscando alternativas para quienes permanecen aún incomunicados. El número de contacto para solicitar consultas es 33 2542 9658. Es tiempo de construir confianza donde otros apenas ven fronteras.
X: @claudiaacn
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