Hay una narrativa que suele ser insistente sobre la vida adulta: si se hacen las cosas bien en algún momento llega a una especie de recompensa que muchas veces obviamos. Un cuerpo razonablemente funcional, una salud estable, unos análisis en rango, la sensación de que las visitas al médico empiezan a espaciarse y que por fin una puede dedicar energía a otras cosas. A vivir, quizá.
Desde hace años he hecho lo que se supone que debo hacer. Aprendí a convivir con una enfermedad crónica, tomé medicamentos, fui a consultas, me hice estudios, aprendí a leer números que antes no significaban nada.
Hice las paces con restricciones, con rutinas. Recuperé hábitos que había abandonado. Y entonces, justo cuando empezaba a reconocerme un poco en el espejo, apareció otra cosa.
Una nueva palabra que aprender, de esas que acompañarán por siempre. Vienen con instrucciones precisas: aquí está tu tratamiento, tus revisiones periódicas y la lista que debes seguir el resto de tu vida para evitar que empeore.
Me llegó una emoción de la que se habla poco cuando se trata de salud. No es tristeza ni miedo. Ni siquiera es angustia.
Es enojo. Un enojo infantil, maleducado y profundamente poco inspirador.
Porque estoy cansada de descubrir nuevas capacidades de adaptación. No quiero saber cuántas cosas más soy capaz de soportar. No quiero desarrollar resiliencia.
Me siento como si mi existencia fuera un videojuego diseñado por alguien con un sentido del humor particular. Y no quiero llegar a otro nivel; quiero jugar en el que ya había pasado, quedarme un ratito en la pantalla donde había logrado recuperar cosas que extrañaba y sentirme más ligera.
No me interesa convertirme en un ejemplo de fortaleza ni escuchar que soy valiente. No quiero que me recuerden que hay personas peor que yo. No quiero que esto me haga crecer.
Quiero protestar.
Porque existe una parte de mí –muy pequeña, muy ingenua, muy persistente– que todavía cree que el cuerpo debería ser un socio razonable. Que si una lo alimenta mejor, duerme más, se mueve, toma sus medicamentos y acude a sus citas médicas, él debería responder con cierta cortesía. No con perfección. Con cortesía.
Una especie de acuerdo: yo te cuido y tú me permites descansar un poco. Casi meritocrático.
Pero el cuerpo no firma contratos; aprendí que puede enfermar sin pedir permiso, cambiar de forma, de tamaño, de ritmo; que puede traicionar expectativas.
Sin embargo, ahora descubro otra cosa: que también puede arruinar la fiesta justo cuando empezaba a disfrutarla.
Porque eso es lo que más rabia me da. No haber perdido algo, sino haber llegado apenas al umbral de una versión de mí misma que me gustaba, que, por primera vez en mucho tiempo, empezaba a sentirse sana, incluso un poco bonita.
Y entonces aparece una nueva cita médica, un nuevo tratamiento, una nueva advertencia. La pantalla cambió otra vez.
Estoy cansada de administrar pérdidas. Estoy cansada de hacer inventarios de lo que todavía funciona. Y estoy cansada, sobre todo, de la obligación tácita de convertir cada golpe en una lección.
Mañana haré lo que siempre hago: investigar, adaptarme. Porque así soy. Porque aprendo y sigo.
Pero hoy voy a sentarme un momento en medio de este enojo. No porque sea útil, sino porque hay días en que una no tiene ganas de descubrir de qué más es capaz.
Yo solo quería quedarme un buen rato en el nivel que ya dominaba.
Ahora desbloqueé otro.
jl/I









