La construcción de una paz duradera y sustentable solo es posible a través de medios que contribuyan a regular y transformar los conflictos de manera positiva. El uso de métodos violentos, por más legítimos que se consideren (“salvaguardar la democracia”, “erradicar el narcotráfico”, “poner fin a las dictaduras”) solo contribuye a la polarización social, dejando intacta la materia conflictiva. La destrucción de buques petroleros en el Caribe y el asesinato de sus ocupantes, el bombardeo sobre Caracas, así como el arresto del presidente venezolano y su esposa invitan a cuestionarnos sobre métodos más civilizados para regular la conflictividad humana.
En las sociedades democráticas cada individuo, grupo, país o cultura tiene derecho a luchar por sus intereses y nadie tiene por qué imponer los suyos a los demás o impedir a los otros conseguir los propios. Al proceder de esa manera queda abierta la puerta para el surgimiento o recrudecimiento de las hostilidades. Es ahí donde la negociación cobra relevancia como una más de las herramientas con las que contamos para construir paz.
La negociación es un proceso de interacción entre personas o grupos que defienden intereses incompatibles, para llegar a acuerdos que les permitan actuar conjuntamente. Es posible utilizarla tanto de manera preventiva como para poner fin a las violencias. Supone identificar los intereses de las partes implicadas, aclarar lo que quieren conseguir, reconocer los obstáculos que impiden lograr acuerdos. Demanda salirse del ego-centrismo, de la mirada única, identificar con quién hay que dialogar o convencer y sobre qué problemáticas, reconocerlo como interlocutor, comprender sus estrategias y perspectivas, “humanizar” los asuntos que los contraponen. Como proceso interactivo, implica acordar cuál es la naturaleza del conflicto, pactar el marco y las reglas del diálogo, asegurar condiciones de seguridad para todos/as.
Sin embargo, el poder, así como la percepción que se tenga de él y la manipulación que se logre sobre tales percepciones, son piezas clave en los procesos de negociación. Los implicados establecen juicios e interpretaciones sobre el propio poder y el de las contrapartes. Por lo mismo, al negociar, encontramos formas diversas como se manipula el poder: conductas agresivas (descalificar al otro, ignorar sus argumentos, encolerizarse…), profundizar las discrepancias, crear condiciones para la desconfianza, obstaculizar la construcción de acuerdos, hacer propuestas para recabar información del contrincante, tantear su postura sobre cuestiones espinosas. Los conflictos armados actuales son una muestra clara de estas luchas por el poder económico, político o sociocultural.
Los conflictos son tanto un peligro como una oportunidad. Como oportunidad, obliga a verlos en su complejidad: número de actores en juego, cantidad de problemas u objetivos en disputa, diversidad de perspectivas contrapuestas. Todas las sociedades cuentan con mecanismos para gestionarlos (normas, instituciones, procedimientos…). La cultura de la conflictividad existe en todos los países. Lo que hay que hacer es aprender a utilizarla de manera constructiva. Su potencial para la paz viene dado por los conocimientos y recursos que se tengan para implementarla. Desarrollar la cultura positiva de la conflictividad es uno de los retos apremiantes en el arranque de este 2026.
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