loader

Periodistas antes que influencers

Fueron dos días de emergencia. Dos días de encierro obligado, de estrés y ansiedad. Dos días en los que la vida cotidiana se suspendió y la ciudad aprendió, otra vez, lo frágil que es la normalidad. También fueron dos días en los que el periodismo volvió a ocupar un lugar central frente a audiencias acostumbradas a un ecosistema que idolatra a los influencers, la viralidad y el ruido.

Como en los momentos críticos, reapareció una categoría que parecía olvidada: la de los trabajadores esenciales. Choferes del transporte público, personal médico, personas que garantizan la venta de alimentos y víveres… y también los periodistas. 

La emergencia que vivimos tuvo un recuerdo pandémico. El domingo, muy temprano, se rompió la rutina. Al finalizar la jornada, más de 50 personas habían muerto: elementos de la Guardia Nacional, civiles vinculados a la refriega y, al menos, una víctima inocente. 

Y la vida se detuvo. Como dicen los que hacen cine: en menos de dos horas, la ciudad se fue a negros. Hasta los baños portátiles del maratón de Guadalajara los dejaron “olvidados” en la glorieta de la Minerva. Todos corrieron a sus casas: menos los periodistas. 

Ese domingo ya nadie trabajó en el turno vespertino. Fue brutal ver una metrópoli desolada, calles vacías, cortinas abajo, miedo en el aire. De esos días quedan aprendizajes que conviene no olvidar.

 

PERIODISMO ANTES QUE INFLUENCERS

Las y los reporteros que salieron de su descanso para informar sobre bloqueos, incendios y balaceras en sus municipios, merecen respeto. En tiempos de imágenes fabricadas con inteligencia artificial y redes sociales que premian la exageración, quienes acudieron a los lugares de los hechos para documentar, muchas veces poniendo en riesgo su integridad, cumplen una función social insustituible. No buscan likes: ofrecen certezas, muchas veces contando cosas que no nos gustan pero que son tan reales como usted o yo. 

 

LOS VACÍOS SIEMPRE SE LLENAN

Entre las 11 y las 15 horas del domingo circularon rumores sobre una supuesta captura. Mientras tanto, la gente corría a resguardarse. 

Ya el lunes por la mañana, ante el silencio oficial, no hubo transporte público, las gasolineras no abrieron, autos calcinados sin recoger, mercados y tiendas permanecieron cerrados. El vacío de información se llena con incertidumbre, y la incertidumbre genera zozobra. La desinformación no es neutra: tiene consecuencias reales.

 

EL “CÓDIGO ROJO” COMO PROBLEMA SEMÁNTICO

En una ciudad marcada por crisis de seguridad desde hace más de una década, nadie sabe con claridad qué significa “código rojo”. Las autoridades insisten en que es una comunicación interna entre corporaciones de seguridad; la gente de a pie lo traduce como “métase a su casa”. Si el mensaje público produce parálisis, quizá el problema no es la interpretación ciudadana, sino el concepto mismo. ¿Vale la pena mantener algo que genera confusión?

CONTRA LA LÓGICA DEL ESPECTÁCULO

Ese domingo, las y los reporteros salieron a las calles para decirle a la gente que regresara a casa. Y, dos días después, volvieron a salir para informar que la ciudad retomaba la normalidad. 

Mientras algunos influencers persiguen el impacto fácil y buscan monetizar con el miedo, esta columna es para reconocer a quienes informan con serenidad, respeto y responsabilidad. Porque su trabajo importa. Porque sin periodismo, el miedo siempre gana y todos perdemos.

[email protected]

jl/I

Lo más relevante

Te recomendamos

Artículos de interés

Violencia deja 100 mdp en pérdidas: CCIJ
Transporte público operó al 72 por ciento
Mercado de Abastos regresó a la normalidad
OCULTAR