Al escuchar las primeras detonaciones, los fieles que se hallaban en el atrio corrieron aterrorizados y se introdujeron a la Basílica de Nuestra Señora del Rosario de Talpa. La misa apenas empezaba. Eran las 10:30 horas. El mariachi entonaba el primer cántico. Entre gritos y empujones, la gente se apretujó en las bancas y pasillos. Una anciana se desmayó. ¡Dios mío!, ¿qué está pasando?, ¡ayúdanos!, exclamaron fieles. Unos cubrieron con sus cuerpos a niños y niñas. El sacerdote suspendió el oficio y llamó a tranquilizarse. La virgen los protegía, aseguró. Asistentes lloraron y oraron. El pequeño recinto, destino cada año de millones de peregrinos de México y otros países, era un caos.
Domingo 22 de febrero de 2026. Los comerciantes del centro del pueblo corrieron y dejaron atrás los puestos colocados alrededor del templo. Los visitantes huyeron a los escasos hoteles, estacionamientos y negocios alejados. Las calles quedaron solas. Otra ráfaga de balas al aire alarmó de nuevo a vecinos y feligreses. Talpa quedó paralizada. En silencio. Horas después, los que no alcanzaron a desayunar buscaron inútilmente comida. Los propietarios de negocios no levantaron las cortinas.
Los sicarios quemaron el Banco del Bienestar. Las misas fueron suspendidas. La basílica cerró sus puertas. Las autoridades guardaron silencio. La gente buscó en sus celulares informarse sobre qué estaba sucediendo. Jalisco ardía. Los demonios extendieron el infierno del pánico al centro de fe religiosa. Talpa, el pueblo mágico perdió magia ese día.
Cientos de visitantes quedaron varados. Las escasas familias que intentaron escapar de Talpa en sus vehículos se toparon el domingo en la carretera a Guadalajara con unidades incendiadas y un tráiler quemado que bloqueaba el paso en Los Volcanes, municipio de Atenguillo, o con zanjas si se dirigieron a Mascota. Debieron regresar al pueblo e intentar dormir en vehículos, atrapados por la angustia y el miedo.
Quienes el lunes 23 decidieron regresar a Guadalajara contaron en la carretera 23 vehículos carbonizados: siete tráileres, dos pipas y el resto vehículos particulares. Similares escenas tenían carreteras de Jalisco, convertidas en cementerios de cientos de automotores humeantes.
La violencia presente en Jalisco desde hace décadas, que se acentúa y ha dejado más de 16 mil personas desaparecidas, cientos de fosas clandestinas con cuerpos despedazados, miles de homicidios, secuestros, asaltos y despojos, se mostró crudamente el domingo. Los criminales salieron a calles, carreteras, pueblos y ciudades a sembrar el terror, a destruir el patrimonio de jaliscienses. ¿Cuántos de los adictos a la violencia han participado en desapariciones o en inhumaciones ilegales?
Si se buscó información profesional, un referente valioso fue parte de la prensa de Jalisco. Reporteros y fotógrafos salieron a las calles, en situación peligrosa, a dar cuenta de lo que ocurría. Informarse a través de cuentas en redes sociales era y es arriesgarse a recibir noticias falsas, manipuladas o aprovechadas para magnificar con tintes políticos lo que sucedía. En un día normal o en crisis como el domingo es necesario el acompañamiento de medios informativos con periodistas capacitados, mejor remunerados, que con valor y ética cumplen su trabajo.
Ante la creciente inseguridad en el país, hacía falta un manotazo fuerte en el escritorio. Que dejara atrás la fallida, ingenua y desacertada política de “abrazos, no balazos”. Que mandara un mensaje claro, enérgico y contundente. Lo hicieron la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, el Ejército y el gabinete de seguridad federal. Sigue desmontar, con más empeño, la poderosa estructura económica, política y criminal que cobija a quienes violentan y sangran al país.
@SergioRenedDios
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