La compasión es un valor humano. Es la capacidad de percibir el sufrimiento de otros con un deseo genuino de aliviarlo. La persona compasiva actúa para acompañar y encontrar soluciones a la situación de quienes son lastimados, están vulnerables o desprotegidos. En un mundo adolorido por la violencia, el hambre o las injusticias sociales, educar para la compasión es humanizar.
También la compasión es una virtud moral, según la perspectiva desde la que observe. Es distinta a la empatía, a “sentir lo que el otro siente”, y a la fútil lástima, que implica cierta superioridad y menosprecio. Abundan personas empáticas con situaciones o demandas, pero que en las redes sociales no pasan de darle “me gusta” a un mensaje. Tienden a la cómoda pasividad. No son compasivas.
La compasión es una fortaleza que fomenta la resiliencia y mejora los vínculos sociales. Es un ingrediente de la paz. Permite tratar a los demás con amabilidad y apoyo, en lugar de con juicio o desdén. Una persona compasiva se pregunta: ¿qué puedo hacer ahora para ayudar?
De concepto filosófico o religioso, la compasión pasó a ser investigada científicamente en laboratorios de psicología y neurociencia. Existe desde una terapia centrada en la compasión, hasta escalas para medirla o métodos para incentivarla.
Tradiciones espirituales sitúan la compasión como su eje central. El papa León XIV la incorpora continuamente en sus mensajes. Daniel Goleman, reconocido por su trabajo en inteligencia emocional, la pondera como fuerza para el bien social. Martin Luther King fue un líder compasivo.
Son numerosas las profesiones con perfil compasivo. Médicos, enfermeras, psicólogos, trabajadores sociales, bomberos o veterinarios son parte de esa larga lista. Incluye a defensores de derechos humanos, del territorio y el medio ambiente; a quienes promueven el cuidado de animales y la naturaleza.
En México, las madres buscadoras de personas desaparecidas son un ejemplo cristalino y potente de la compasión como sinónimo de amor. Buscan con el corazón a sus familiares. Son la antípoda del fiscal cómplice, el juez injusto, el cruel sicario o el líder genocida.
Hoy, aniversario de las explosiones del 22 de abril de 1992 en Guadalajara, recordamos que ni el presidente Carlos Salinas, ni los directivos de Pemex, fueron compasivos.
En el país, a los candidatos a puestos de elección popular se les exigen una edad mínima, nacionalidad mexicana, residencia o un grado de estudios, por ejemplo. En el caso del Poder Judicial un requisito es que tengan “buena fama pública”. Los electores ignoramos qué tan compasivos o no son los aspirantes a cualquier cargo. Escuchamos sus discursos, que no son garantía de nada.
La clase política suele autoconsiderarse compasiva, pero en el ejercicio del poder aduce razones que impiden políticas públicas compasivas. Por encima colocan razones de Estado; priman el interés de sus partidos o grupos políticos, y detrás están ambiciones, ideologías cerradas, poderosos intereses económicos, disciplina partidista; el dizque bien de la nación, no dimensionar un problema social grave y usar argucias argumentativas y estadísticas.
Faltan en México políticos compasivos que impulsen estrategias con impacto positivo en las víctimas del propio sistema, como sucede con las violaciones de derechos humanos o las graves desapariciones de personas; que, con una mirada diferente, resuelvan conflictos y construyan paz; que promuevan acciones a favor de los más vulnerables, los olvidados, los menospreciados, sin caer en el populismo, el clientelismo o la manipulación. Donde lo que realmente importe sean el presente y el futuro de las personas.
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