Los adolescentes jugaban futbol en una cancha improvisada del pueblo. En el terregal disputaban el balón, bloqueaban o intentaban rebasar a los adversarios para meter un gol en lo que era un remedo de portería. Organizaron equipos, algunos actuaron de árbitros y eran frecuentes los torneos. Pronto el número de participantes aumentó. Era posible verlos entrenar en la mañana, tarde o noche. El gobierno municipal no se preocupó por acondicionar el terreno de juego, ni prestarles atención.
Un día llegaron en una camioneta un par de adultos que observaron a los adolescentes. Uno de los desconocidos se acercó a quienes estaban atentos al partido y conversó con ellos, preguntó y dijo que pronto volverían, que eran promotores deportivos, que les agradó observar cómo le “echaban ganas” y que por eso buscarían apoyarlos.
La siguiente semana volvieron los desconocidos. Traían costales con balones de futbol, que empezaron a regalar a los adolescentes. Así empezaron a conquistar a los noveles jugadores. Las visitas de quienes decían que venían de Guadalajara eran cada vez más frecuentes. Llevaron cajas con refrescos. Después, hieleras y cervezas.
Una ocasión repartieron carnitas de puerco y chicharrones que, tras los encuentros, comieron los jugadores y sus porras. Los jóvenes estaban encantados con los tipos, quienes ofrecieron pagarles uniformes. Y así fue.
Los desconocidos llegaron en tres o cuatro camionetas con más personas que presentaron como sus amigos. El dinero regalado en pequeñas cantidades para algunas compras, terminó por seducir a los adolescentes. El interés por conocer cómo podían acceder a más recursos económicos aumentó.
Los jóvenes pronto conocieron que los invitaban a trabajar para un grupo delictivo. Unos aceptaron incorporarse. Pronto se expandió una red de quienes se sumaron a la banda delincuencial. Ya no eran solo del pueblo, sino de otros de la región. La historia es real. Ocurrió hace más de 30 años en la región sureste de Jalisco.
Los deportes y los espacios deportivos comunitarios son usados por grupos delictivos para reclutar a jóvenes y menores de edad. Aprovechan sus condiciones de vulnerabilidad y el arraigo de actividades recreativas en las comunidades para persuadir a sus prospectos.
Los reclutadores se vinculan con quienes juegan en canchas públicas de futbol, basquetbol, voleibol o frontenis, en espacios o unidades deportivas. También infiltran ligas amateur, crean falsos visores profesionales o abren escuelas de capacitación como pantalla.
En 2008 ocurrió un mega escándalo. Al concluir un partido, el equipo de Segunda División, Mapaches de Nueva Italia, fue desintegrado y capturados su dueño, directivos y jugadores bajo el cargo de lavado de dinero y estar vinculado al cártel ‘La Familia Michoacana’.
Otro plantel, acusado de ligas con la delincuencia organizada, fue el Club Guerreros de Autlán, que llegó a ser campeón en Tercera División en el Torneo Apertura 2004. En 2017 fue señalado de lavar dinero para el ‘Cártel Jalisco Nueva Generación’.
Franquicias de equipos profesionales han tenido operadores financieros de cárteles. La Federación Mexicana de Futbol y la Liga MX han implementado diversas medidas regulatorias, fiscales y punitivas para blindar sus operaciones y evitar el lavado de dinero o la infiltración de recursos del crimen organizado.
El Mundial de Futbol FIFA 2026 despierta ilusiones en miles de adolescentes y jóvenes que sueñan con ser ídolos del balompié mexicano. Los cárteles continúan con su objetivo de reclutarlos; las autoridades y los padres de familia tienen la responsabilidad de evitarlo.
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