Ante las reiteradas amenazas de invasión a México del presidente de Estados Unidos (EU), Donald Trump, conviene recordar la vocación históricamente pacifista y respetuosa de nuestro país. Durante las infames intervenciones padecidas, la postura siempre ha sido defender el territorio y abogar por la paz. La vocación mexicana no es guerrerista, atropelladora del derecho internacional, irrespetuosa de los pueblos de otras naciones, aplastadora de personas y bienes a sangre y fuego, como sí ha sido y es la política internacional del país aledaño.
Cuando la guerra estadounidense de rapiña contra nuestro país, de 1846 a 1848, el historiador José Bravo Ugarte señala que, tras las mentiras que enarboló la administración estadounidense de James K. Polk para justificar la invasión, México no declaró la guerra sino hasta el 7 de julio de 1846. La respuesta fue defensiva ante las mentiras y agresiones que cometía el vecino.
Relata Bravo Urgarte que el artículo primero del bando exponía sumariamente el carácter y motivos de guerra: “El Gobierno, en uso de la natural defensa de la Nación, repelerá la agresión que los Estados Unidos de América han iniciado y sostienen contra la República Mexicana, habiéndola invadido y hostilizado en varios de los Departamentos de su territorio”.
Mariano Paredes y Arrillaga era el presidente interino de México y le correspondió declarar la guerra a EU durante el comienzo de las hostilidades. El mandatario fue explícito: se trataba de una “guerra defensiva”, en la que anticipó serían “defendidos esforzadamente cuantos puntos de nuestro territorio fueren invadidos o atacados”.
Si algo preocupa a los ciudadanos promedio de EU es conocer la suerte que correrán sus hijos e hijas al participan en operaciones militares. De la preocupación pasan al horror cuando reciben los cuerpos sin vida. Han experimentado esos dolorosos trances en diversas etapas de las numerosas invasiones a otras naciones, que primordialmente benefician a la industria militar, las élites y sus cómplices políticos. Solo la guerra de Viet Nam costó a los estadounidenses más de 47 mil militares muertos.
En el caso de la invasión de 1846, la fortaleza militar de Estados Unidos culminó con el despojo de la mitad del territorio mexicano. Aunque sus tropas penetraron hasta la Ciudad de México, aproximadamente murieron más de 13 mil invasores, entre las bajas en combate (entre 80 y 400) y quienes fallecieron por enfermedades, que fueron la mayoría, y más de 4 mil de heridos, durante todo el conflicto. Ante la falta de registros, del lado mexicano se estiman en cinco mil los militares muertos y 20 mil los heridos en combate.
Historiadores recuerdan que Veracruz ha sido sitiado y bombardeado dos veces por tropas de Estados Unidos. Una, en 1847, y otra en 1914, cuando ocuparon siete meses el puerto. Fue heroica la resistencia de los cadetes de la Escuela Naval Militar y civiles locales. No somos un país que se deja mancillar.
Pero más allá de lo inhumano y terrorífico que son las guerras, de las muertes y la destrucción, impulsarlas es una locura. La actual tecnología militar es mucho más destructiva, criminal y masiva. De ahí que es momento de respaldar la posición de la presidenta Claudia Sheinbaum, quien ante las amenazas ha sido prudente y clara al exigir respeto a nuestra soberanía, independencia y libertad, al ofrecer diálogo y cooperación, pero no subordinación. Rechacemos cualquier amenaza de invasión. Aboguemos por la paz.
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