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Después del silbatazo final

Durante varias semanas el futbol consiguió lo que la política, la economía y hasta las campañas de optimismo institucional llevan años sin lograr: reunir a millones de mexicanos alrededor de una misma emoción. Las calles volvieron a llenarse, las plazas se transformaron en estadios improvisados y la conversación cotidiana dejó de girar, por un momento, alrededor de la violencia, la inflación o la incertidumbre. El país encontró una pausa.

La euforia colectiva mostró que la sociedad mexicana arrastra una enorme necesidad de desahogo. El Mundial fue una válvula de escape para frustraciones acumuladas durante años. No se trató solamente de celebrar un gol o una victoria; en muchos casos se celebró la posibilidad de sentirse parte de algo, de recuperar, aunque fuera por unas horas, una alegría compartida.

Ciertamente, las válvulas de escape tienen riesgo, pues cuando la presión es demasiado grande, se convierte en explosiones. Las tragedias ocurridas durante algunos festejos no fueron accidentes aislados. Cuatro personas murieron aplastadas en celebraciones multitudinarias; en Baja California Sur un hombre perdió la vida tras ser golpeado por una multitud; en varias ciudades hubo actos de vandalismo, enfrentamientos y decenas de detenidos. Lo preocupante es que esas noticias quedaron relegadas a un segundo plano porque el espectáculo seguía ocupando los reflectores.

No hace falta ser especialista en comportamiento social para comprender que las multitudes en estado de exaltación, requieren organización, prevención y autoridad. Cualquier concierto, peregrinación o manifestación exige protocolos de protección civil, servicios médicos y dispositivos de seguridad. Resulta incomprensible que un evento cuya organización comenzó hace años haya encontrado a diversas autoridades reaccionando sobre la marcha.

Las recomendaciones posteriores, que no acudan niños, adultos mayores o personas con discapacidad a las celebraciones masivas. evidencian un fracaso. Cuando la solución consiste en pedirle a los más vulnerables que permanezcan en casa, en realidad se está aceptando que el espacio público dejó de ser seguro.

Es cómodo atribuir toda la responsabilidad al gobierno, pero también existe una responsabilidad ciudadana que pocas veces queremos reconocer. Zarandear automóviles, arrojar botellas, destruir mobiliario urbano o convertir una celebración en un escenario de violencia no son consecuencias inevitables del futbol. Son decisiones individuales que, al multiplicarse en una multitud, terminan normalizando conductas que jamás aceptaríamos en otros ámbitos de la vida cotidiana.

Esta efervescencia revela que existe una energía social contenida. Frustración, enojo, incertidumbre, deseos de pertenencia o simplemente necesidad de ser escuchados encontraron un cauce temporal en el futbol. La pregunta es qué ocurrirá cuando desaparezca ese pretexto colectivo.

México entrará muy pronto en un nuevo proceso electoral. La polarización política suele movilizar emociones tan intensas como las deportivas. Si una celebración futbolística puede derivar en episodios de violencia, conviene preguntarnos si como sociedad estamos preparados para canalizar de manera democrática otras pasiones mucho más serias.

El Mundial terminará. Las banderas volverán a guardarse, las plazas recuperarán su rutina y los comentaristas deportivos cambiarán de tema. Pero permanecerán las preguntas que la fiesta dejó al descubierto. ¿Por qué necesitamos una competencia deportiva para sentirnos unidos? ¿Por qué nos cuesta tanto celebrar sin violencia? ¿Qué revela esta necesidad de catarsis sobre el momento que vive el país?

El mayor aprendizaje no está en los resultados de la cancha, sino en el espejo que las tribunas nos pusieron enfrente. El verdadero marcador no se mide por los goles anotados, sino por la capacidad de convivir, celebrar y ocupar el espacio público sin convertir la alegría en riesgo. Ese partido, aún no se juega en México.

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jl/I

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