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Bufón sin corte

Rafa tiene 53 años y se hace el gracioso desde los nueve. Fue en el patio de una primaria de la colonia Moderna, en 1983, donde descubrió que un niño flaco y de pésima puntería con el balón podía entrar al círculo de los otros niños si decía algo ingenioso sobre el peluquín del director. Los demás se rieron. Uno le dio una palmada en la espalda. Rafa aprendió ahí que hacer reír abre todas las puertas y que al gracioso nadie le pide nada más.

Eso lo entendí yo en un colegio de monjas que fue mi campo de batalla contra todo lo que me parecía mal hecho en el mundo y, al mismo tiempo, mi primer escenario. Viví haciéndome la chistosa. Las risas de mis compañeras de secundaria me alimentaron el alma y, todavía hoy, me cuesta dejar pasar una buena ocurrencia para recibir ese reconocimiento. Con los años me di cuenta de que ciertas conversaciones piden otra cosa, que a veces la única gracia posible es quedarme callada y escuchar. A Rafa nadie se lo dijo.

Desde aquel día del patio, Rafa tiene un comentario obvio para todo. Si alguien estrena corte de cabello, pregunta si ya demandó al peluquero. En una visita normal produce una ocurrencia en el timbre, otra al sentarse, varias durante la comida y la última con la mano en la puerta del coche. Siempre se ríe primero, supongo que para indicar a los demás dónde reírse.

Hace años que nadie se ríe, y eso, en su caso, es más triste que raro. Rafa es un bufón sin corte. Su hermana le dice “ay, Rafa”, con el tono con que se regaña al perro cuando se sube al sillón por quinta vez. En el chat familiar cada foto, incluida la de una tía en el hospital, recibe su ocurrencia. Sus ocurrencias se acumulan sin un solo sticker, ni siquiera la manita con el pulgar arriba de compromiso que se le regala a cualquiera. Rafa no se da por enterado. O se da y manda dos más.

Su especialidad son los momentos serios. Cuando su esposa se sentó una noche en la cocina y le dijo que tenían que hablar, Rafa se cuadró, se llevó la mano a la frente y dijo “mande usted, mi general”. Agregó algo sobre el ejército. Ella se levantó a lavar una taza que ya estaba limpia. Cuando su mejor amigo le contó, en una cantina del centro, que le habían encontrado algo en la próstata, Rafa soltó una frase sobre dedos y urólogos que ni él terminó de entender. El amigo estuvo media hora más oyéndolo, pretextó algo y se fue. No han vuelto a hablar desde esa vez.

La seriedad, para Rafa, es un terreno minado donde un hombre tiene que callarse, escuchar y admitir que no sabe. A él nadie le enseñó a caminar por ahí. Creció con su abuelo, un hombre que no lloró nunca. A los once años le explicó que esas cosas eran de viejas. Un hombre aguanta y, cuando no aguanta, se burla. La “gracia” fue la única herramienta que le dieron y que sigue usando aunque ya no le sirva para nada.

Una vez su hija, que tiene 21 años y lo mira con una mezcla de lástima y algo que todavía se parece al cariño, le preguntó en serio cómo estaba. Rafa abrió la boca. Estuvo cerca. Luego le dijo que mejor que el Atlas. Se rio, como en 1983, esperando esa palmadita en la espalda que lo dejó tan bien domesticado… y solo.

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jl/I

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