Fernanda es lista. Hay que decirlo porque lleva 47 años esforzándose en que nadie lo note. Calcula de memoria la propina de una mesa de ocho, sabe lo que cuesta un bolso con sólo tocarle la costura y adivina el humor de un hombre por cómo cierra la puerta del coche. Nació en Chapalita, con una piel blanca, de las que en Guadalajara todavía se cotizan. A los once descubrió frente al espejo que el rubio que no tenía le quedaba mejor que el castaño que sí. Era bonita a secas. Y ya con eso.
La madre fue la primera maestra. La veía pedirle al marido dinero para el súper con voz de niña y fingir que el estado de cuenta estaba escrito en otro idioma. Veía también lo que recibía a cambio, una casa grande, dos viajes al año y un hombre convencido de ser indispensable. Lo demás lo hicieron los varones de la familia. Si se le zafaba la cadena de la bicicleta bastaba quedarse de pie con cara de no saber y el hermano soltaba el balón. Al padre le respondía mande usted, papi, y la única vez que preguntó por el dinero él le pellizcó el cachete y le dijo tú no te preocupes, mija. Entendió pronto que preguntar costaba y que no preguntar pagaba. Dejó la universidad en cuarto semestre y nadie se alarmó.
Se casó en 2003 con Juan Pa, ingeniero, 19 años en Hewlett-Packard hasta que lo echaron un martes de 2022. Después apareció el compadre Santi, que trabaja en el gobierno del estado. Con él Juan Pa abrió una empresa de soluciones. Fernanda no preguntó soluciones de qué. No importa en qué trabaje, con que no nos falte nada, dijo.
Con el dinero de Juan Pa, Fernanda paga muchas cosas. Pocas son sólo para ella. Por eso sus amigas la adoran y su madre la presume. Le paga a Iker, el estilista de Providencia que cada mes le devuelve el rubio y le cobra lo que su padre ganaba en una quincena de 1985. Paga el colegio bilingüe de los niños y a la señora de la limpieza. Los jueves por la mañana paga la cuenta del bar de Chapultepec, donde ella, Paty y la ‘Güera’ Medina empiezan con mimosas y terminan con algo más fuertecito. La pide rápido, antes de que las otras saquen la cartera. Paga los dientes nuevos de su madre. Todo lo paga, sin querer saberlo, con el dinero que estaba destinado para un hospital en Barranquitas, que nunca se terminó.
Sus defectos son los que le permitieron vivir así. Una pereza de la curiosidad que ella confunde con discreción. Una vanidad que se alimenta de que la miren sin mirarla demasiado. Una crueldad que le sale con las mujeres que trabajan, a las que trata con lástima, quizá porque le recuerdan que había otro camino.
Le pidieron que no se le notara lo lista y cumplió tan bien que ya no sabe si actúa. Obedece sin que nadie le dé órdenes. Le basta con no preguntar. De esas omisiones viven la casa, los jueves y el compadre.
Una sola vez hizo la cuenta, en el estacionamiento de Andares, con la factura de la camioneta nueva en la mano. Sumó el colegio, a Iker, a la señora, los jueves y todo lo demás. Lo comparó con lo que puede ganar una empresa de soluciones. No daba. Dobló la factura, la metió en la bolsa y no volvió a sumar.
Al día siguiente fue con Iker y le pidió un tono más claro.
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