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La conquista interminable

Cada cierto tiempo, el poder mexicano necesita volver a la caída de Tenochtitlan para administrar políticamente el resentimiento. La polémica por la visita de Díaz Ayuso a la Ciudad de México exhibió una obsesión ideológica persistente de la Cuarta Transformación: convertir la Conquista en un campo permanente de movilización política.

La reacción de la ‘nomenklatura’ morenista fue inmediata: condenas morales, denuncias de “provocación”, acusaciones de colonialismo y una nueva reedición del relato oficial donde Hernán Cortés aparece como encarnación absoluta del mal histórico. El problema no es criticar la violencia de la Conquista -sería absurdo negarla- sino el uso simplista y propagandística de un episodio extraordinariamente complejo para construir legitimidad política contemporánea.

La 4T ha encontrado en el revisionismo histórico una herramienta emocional de cohesión ideológica. El discurso es sencillo y eficaz: existe una continuidad histórica entre la opresión “colonial” de hace quinientos años y las desigualdades actuales; por tanto, la demanda representa una reparación histórica contra siglos de dominación. El pasado como liturgia política.

Su lectura no resiste el rigor historiográfico. En 1521 no existía México como nación. La caída de Tenochtitlan no fue una guerra entre “España y México”, sino una compleja reconfiguración de poderes mesoamericanos donde miles de pueblos indígenas participaron contra el imperio mexica. Reducir ese proceso a un esquema de invasores extranjeros contra víctimas nacionales es intelectualmente pobre e históricamente falso.

Un movimiento político que se proclama transformador termina recurriendo a un discurso nacionalista decimonónico para explicar el presente. El revisionismo oficial no busca comprender la historia; busca moralizarla. El pasado se divide entre víctimas puras y verdugos absolutos. Desaparecen las contradicciones internas de las civilizaciones prehispánicas, el imperialismo mexica, los sistemas tributarios, las guerras de sometimiento regional. Todo queda subordinado a una pedagogía política del agravio.

La polarización histórica produce identidad política inmediata: la derecha representa a los conquistadores, Morena al pueblo históricamente humillado; España simboliza colonialismo, la 4T la emancipación. Esta lógica convierte la memoria en instrumento de facción y transforma la complejidad histórica en propaganda emocional.

El discurso oficialista insiste obsesivamente en las disculpas históricas, en la deuda colonial y en la reivindicación permanente del pasado indígena mientras el país enfrenta crisis mucho más urgentes: desapariciones, violencia criminal, militarización, deterioro institucional y captura política del Estado. El pasado funciona como mecanismo de desplazamiento simbólico del presente.

La visita de Ayuso mostró precisamente esa fragilidad discursiva. Bastó que una figura política española reivindicara el mestizaje y cuestionara la visión victimista de la Conquista para que el aparato ideológico morenista reaccionara con indignación casi religiosa.

Tampoco el hispanismo simplista merece absolución. Convertir la conquista en empresa civilizatoria benéfica es otra forma de propaganda histórica. La colonización implicó violencia, epidemias, explotación y destrucción cultural. El problema es utilizarlo como dispositivo permanente de confrontación política.

México no nació de una pureza indígena rota por Europa ni de una misión civilizatoria española gloriosa. Nació de una mezcla conflictiva, violenta, contradictoria y mestiza. Negar cualquiera de esas dimensiones implica falsificar la historia para servir a una causa ideológica.

El populismo contemporáneo necesita una conquista interminable: enemigos históricos permanentes, agravios eternos y una nación emocionalmente movilizada contra fantasmas del pasado mientras el presente se desmorona frente a sus ojos.

X: @Ismaelortizbarb

jl/I

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