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FIFA, un Estado supranacional

Cada cuatro años el mundo se detiene frente a una pantalla. Las guerras se suspenden, las crisis económicas desaparecen y millones de personas vuelven a creer que el futbol es apenas un juego. También es cuando la mayor corporación deportiva consigue su objetivo: hacer olvidar que detrás del espectáculo existe una maquinaria política y económica extraordinariamente poderosa.

La FIFA se presenta como una asociación civil sin fines de lucro dedicada al desarrollo del futbol, la integración de los pueblos y la promoción de valores universales. Una ONG con balón. Pero basta rascar un poco la superficie para descubrir que es una de las estructuras de poder privado más influyentes del siglo 21.

Cualquier ONG pequeña debe justificar cada peso para conservar su carácter no lucrativo; la FIFA acumula ingresos por miles de millones de dólares, administra reservas financieras gigantescas, negocia contratos globales con las mayores corporaciones mundiales y ejerce influencia política sobre gobiernos enteros. Por eso la FIFA no es una federación deportiva, sino una especie de Estado sin territorio.

Los Estados modernos poseen tres elementos fundamentales: capacidad normativa, recursos económicos y legitimidad social. La FIFA dispone de los tres: reglas que ninguna federación nacional puede desafiar sin exponerse a sanciones devastadoras; presupuestos superiores a la de numerosos países pequeños; y una legitimidad que pocos gobiernos podrían soñar.

Cuando una nación aspira a organizar una Copa del Mundo, no negocia en condiciones de igualdad. Acepta exenciones fiscales extraordinarias, modifica leyes nacionales, construye infraestructura multimillonaria y garantiza privilegios comerciales exclusivos para patrocinadores privados. Es una organización privada que tiene la capacidad de obligar a los Estados a alterar sus marcos jurídicos para satisfacer sus exigencias.

En 2015 estalló un escándalo que reveló la conducta indebida de algunos dirigentes y la existencia de un sistema de sobornos para la asignación de sedes mundialistas, compra de votos, lavado de dinero, tráfico de influencias y redes clientelares a escala global. La caída de dirigentes por corrupción fue inminente.

La corrupción emerge cuando una institución acumula recursos gigantescos, opera con escasa transparencia y carece de controles efectivos. Aun con ello, los escándalos no han modificado la esencia del negocio. Hoy la organización habla de transparencia, gobernanza y rendición de cuentas. Pero la expansión comercial continúa. 

El futbol se ha convertido en una industria global cuyo producto principal es considerar a los aficionados, consumidores; a los jugadores, activos financieros; los clubes, plataformas comerciales; y los mundiales, gigantescas operaciones de mercadotecnia.

Mientras los aficionados siguen viendo una competencia deportiva, la FIFA observa un mercado, administra una operación corporativa de dimensiones colosales y terminan con los beneficios principales concentrándose en una estructura privada que responde fundamentalmente a sus propios intereses: privatizar ganancias y socializar costos.

La FIFA es una organización privada revestida de autoridad moral, capaz de movilizar emociones universales mientras acumula poder económico y político a escala global. Por eso no es casualidad que sea descrita como una entidad supranacional. En muchos aspectos, su influencia efectiva supera la de numerosos Estados soberanos.

Mientras los aficionados celebran un gol, la verdadera victoria suele ocurrir en otro estadio: el de los negocios. Ahí, la FIFA sigue levantando la copa.

X: @Ismaelortizbarb

jl/I

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